miércoles, 10 de abril de 2013

DE LA HISTORIA PUEBLERINA HEGEMÓNICA: COMENTARIOS AL LIBRO “PETO EN LA HISTORIA”, DEL PROFESOR JUAN J. MORALES BACAB

Acabo de terminar de leer un texto que escribió el profesor petuleño jubilado, don Juan J. Morales Bacab, y apunto algunas cosas interesantes de ese valioso trabajo inédito y en vías de publicación. El libro se llama Peto en la historia. Recopilación, y es una relación de datos encontrados por el profesor, quien indagó en la memoria oral de algunas personas de la población, así como consultó el librito Mis memorias de Peto, de Máximo Sabido. Lo rescatable del libro estriba en que Morales Bacab no se queda solamente con su memoria, por el contrario, va en busca de otras memorias que le aporten datos del pueblo. Morales, como proemio, rescata un poema solariego, o albarradiego, o albarradezco, del poeta petuleño Orlando Ojeda y Cetina sobre la villa, de cuyos versos discrepo rotundamente porque el poema de don Orlando, amigo mío desde mis épocas de bachillerango, empieza con los versos siguientes:
Pueblo mío que te levantas entre las rocas,/ Cuna de hombres nobles y cabales;/ Tu historia contada por muchas bocas, / Orgullo de Yucatán en sus anales/
Discrepo por el hecho de que la región sur, una zona de frontera después de iniciada la guerra de castas, es poco o nada conocida por la historiografía yucateca: fue una región marginal en dicha historiografía oficial, oficiosa y no oficial, y en los “anales” de Yucatán Peto ha sido “irrelevante”, desconocido, o desdeñable a pesar de que esta región fue como un dique ante las arremetidas de los rebeldes del oriente de la Península durante la segunda parte del siglo XIX, a pesar de que esta región fue punto nodal de “la época del chicle”, a pesar de ser región con una presencia de rebelión campesina contabilizada desde 1892 hasta 1924, y a pesar de que su riqueza milpera y maya, ha sido señalada desde las etnografías pioneras de Redfield y Villa Rojas, y ratificada por los estudios en los archivos agrarios.
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Pues bien, no discutamos con las poesías de los poetas del terruño paterno y materno, pero sí acerquémonos un poco para discutir las obras, los textos y trabajos de los sabios historiadores locales (sigo las consejas de Luis González y González, al llamar sabios a los recordadores de las cosas que incumben solamente a la matria).
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Puedo decir que mi impaciencia con la historia local de los “notables petuleños” de finales del siglo XX y principios del XXI, surgió desde que leí en la biblioteca municipal de la Villa, a la edad de 15 0 16 años (no me acuerdo), el libro de don Maco Sabido: quedé espantado al comprobar cómo en dicho libro de tapas azules se acentuaba la disparidad étnica, la dicotomía o desigualdad que subsistía entre la sociedad maya con la sociedad mestiza de la región: Maco Sabido, un viejo escribano de pueblo que sabía a qué cosa le tiraba, utilizaba esa “memoria selectiva”, y la utilizaba a la perfección: difuminaba, negaba fuerza a la rebelión de Rivero, y afantasmaba a la sociedad maya: su libro es un libro de “memorias” escrita por una memoria esquizofrénica, aunque tengo que decir que me sirvió de lamparita a la hora de ponerme el overol de historiador. Luego, al leer el trabajo de Arturo Rodríguez Sabido, volví a sentir una impaciencia creciente, bullente, y en un ensayo provocativo, quise entrar en polémica con el que ahora considero mi gran amigo por sus méritos importantes para rescatar del olvido a la historia de la población. Provocativamente (y subrayo la palabra), espeté a don Arturo: “Su semblanza dizque-histórica (o para-histórica, porque en realidad no es una historia, lo que se dice historia, en la cual podamos confiar) es, en realidad, como ya cite líneas arriba, un álbum fotográfico, un compendio genealógico y amiguero (la de usted, señor cronista), un “club de tobi” donde sólo entran unas cuantas personas. Créame, no me interesa ser parte de esa historia esquizofrénica”. Sin embargo, puedo decir, actualmente, que el libro de Arturo es un libro interesante, un libro sencillo, escrito con soltura, rápido al hacer el repertorio de los sucesos, los sucedidos y los acaecidos de la población; y al mismo tiempo, peca, como todo trabajo historiográfico que valga, de pasión: Arturo siente pasión a la hora de hablar del chicle, y siente el doble de pasión al hablar del giro de los petuleños hacia la migración que, a más de tres décadas, ahora también esta migración va encabalgándose hacia la crisis.
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Raúl González Carrillo es otro petuleño que ha hablado, desde su retrato familiar y su lejanía geográfica (y ya sabemos que la lejanía o la cercanía geográfica producen romanticismo de enamorado miope), de Peto, o de “su Peto”. En dos libros, González Carrillo nos ha demostrado la veracidad de este su epígrafe boleresco: “Yo sostengo un intenso, enfermizo romance con mi pueblo”. Salvo esta frase que me cautivó, y del relato que hiciera de cuando tuvo la suerte de encontrar con vida en un pueblo veracruzano situado a la orilla de un río, al viejo tuxpeño y chiclero Roberto Vidal, los dos libritos de don Raúl González Carrillo son descartables de raíz.
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Ahora paso a hablar del libro inédito del profesor Juan J. Morales Bacab. En primera, el trabajo del profesor Morales Bacab es digno de encomio y de admiración: desde su casa aledaña al centro de Peto, Morales Bacab se ha encargado de recuperar el rastro fotográfico del pueblo, o más preciso, de personas del pueblo. En la recopilación fotográfica se puede observar el mal encarado rostro del patrón chiclero Antonio Baduy Badías, “quien en la época llena de riqueza del chicle, fue un empresario exitoso, vivió en una casona contra esquina del parque Juárez hace unos 50 años”, y cuando los zapotales dejaron de llorar, emigró con su familia a Mérida. También por medio del libro de Morales Bacab, ahora sabemos que la casona derruida que se encuentra a una esquina hacia el sur de la terminal de autobuses del mayab (calle 35 x 36) fungía como molino de granos propiedad de don Macario Álvarez, beliceño traído por la hojarasca chiclera de principios del siglo XX.
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Sin embargo, la importancia del trabajo de Morales Bacab se hace más patente cuando inquiere por la memoria ajena. En charlas informales en el centro de la población, o en tertulias con sus amigos, Morales (nacido en los años 40 del siglo pasado) ha rescatado del olvido, o extirpado de las garras de la muerte de los viejos petuleños, historias interesantes que no deben perderse para la memoria futura. En este solo gesto, considero, Morales Bacab supera por más de dos dedos a los trabajos de Maco Sabido y Rodríguez Sabido, y ahora explico por qué.
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Podemos desdeñar que en más de una ocasión, el trabajo de Morales Bacab a veces sigue las directrices establecidas por Maco Sabido. Ya he dicho por qué discrepo de las dos obras de los dos Sabidos: considero que son obras pioneras, desde luego, pero obras mancas o tullidas. No cabe duda que el historiador parte de esas obras "caseras", parte para dialogar con ellas, y parte para diseccionarlas, porque ese tipo de historias dicen mucho de la sociedad pueblerina burguesa petuleña donde se dificulta ver, u observar, a los motores económicos de la región, que han sido, son y serán la sociedad maya: la sociedad maya no existe en esta obras de profesores mestizos, por el contrario, tal parece que sólo existen "notables familias" pueblerinas: esas familias mestizas inundan la recopilación fotográfica hecha por Morales Bacab. En ese tipo de historias de los dos Sabidos no hay mucho que contar de los chicleros, la voz de los campesinos es inexistente, no existe la milpa, ni reforma agraria, ni crítica a los presidentes municipales “postrevolucionarios”, y la guerra de castas es desconocida de forma increíble, no se sabe qué pasó en la segunda mitad del siglo XIX; en una palabra, no hay nadita de nadita que no salga del álbum familiar, y sí, por el contrario, puras fotos de profesores, de curas mariknoll (o no sé como se escriba), de "familias libanesas" asentadas en Peto, etc., etc.
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Pero en este punto, Morales Bacab da un giro, y da un atisbo de historia social, al referir dos plagas, o dos calamidades, ocurridas a los pueblerinos de la villa de Peto. Una es la epidemia de viruela negra que azotó a Peto en los años 1906-1907 (Paul Sullivan, en su libro Conversaciones inconclusas, habla de esta plaga que azotó a los macehualobs del centro de Quintana Roo), y otra es la plaga destructora de langosta ocurrida en los años 1937-1938.
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En lo de la viruela, Morales Bacab recoge el relato del petuleño Pedro Borges, que al momento de contárselo tenía 82 años. Borges le señaló al autor que, siendo niño, un día lo mandaron a leñar en la zona poniente de la población, y fue cuando vio que en una explanada donde está establecida actualmente la capilla de la virgen de Fátima (por la colonia Benito, rumbo al viejo camino hacia Xcanteil), habían unos “cuadrángulos formados con piedra rectangulares y pintadas con cal blanca, por lo que intrigado le preguntó a su papá el motivo de aquello”. Su padre le explicó que “años atrás azotó a la población una epidemia mortal de viruela negra y que fueron tantos los muertos, que el cementerio municipal rebasó el cupo y se tuvo que echar mano de otros sitios”. Vito Cano, de 94 años en 2012, le refirió a Morales Bacab que cuando escarbaban los cimientos del primer hospital del pueblo (años 60 del siglo pasado), un primo suyo lo llamó para que viera un esqueleto humano recién exhumado, “por lo que suponemos que también el lugar fue habilitado como cementerio”.
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Respecto a la plaga de langosta de 1938, el relato de Morales Bacab enriquece lo que escuché y grabé en conversaciones con viejos ex chicleros (lo platicado con don Raúl Cob, las pláticas recientes con el centenario don Ceferino Briceño Solís), y mis lecturas amenas del libro de Evelio Tax Góngora para la región vecina de Tzucacab. La langosta de 1938, tal vez no tuvo los efectos tan catastróficos de la plaga que se presentó en los años 1884-1885 en Yucatán, que hizo que hasta los “notables” del siglo XIX de Peto comieran raíces para sobrevivir. Y digo tal vez, porque esos años finales de la década de 1930, el chicle, o el “oro blanco” como lo designa Morales Bacab, fue un mecanismo de defensa para las familias campesinas de la región: la familia del milpero-chiclero (no así la del campesino que se dedicaba solamente a la milpa) sorteó, o pudo pasar “más o menos” la catástrofe del acrídido, de la glotonería de saak’, por el dinero que los chicleros recolectaban en sus incursiones a la Montaña chiclera. Don Ceferino Briceño Solís, el hombre más viejo de Kambul y de Peto (tiene 103 años, y me sentí emocionado al saber que su lozana vejez es producto de “las pastillitas” y los consejos médicos del “doctor Tax”, q.e.p.d), me dijo que cuando llegaron las nubes de langosta a tapar el sol del mediodía kambuleño, su familia no pasó hambre a pesar de que las milpas todas fueron comidas por el voraz insecto: su esposa tenía en el morral los pesos de plata proporcionadas por el “patrón” Antonio Baduy como producto de las marquetas de chicle de don Ceferino.
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Para la plaga de langosta, Morales Bacab recoge el relato de Máximo Alonzo Caamal, de la colonia Esperanza (por cierto, podría decir que Morales Bacab es el historiador de la colonia Esperanza, que se encuentra al poniente de Peto, en el camino que va a Mérida). Alonzo Caamal, que para 1938 contaba con 6 años, refería que, según comentarios escuchados, “era tal la cantidad de langostas, que cuando cruzaba una mancha o manga, el cielo se oscurecía, pues el sol era tapado por estos insectos y que al ver su aproximación, los campesinos acudían corriendo a sus milpas y con ramas en manos trataban de ahuyentar el ataque, pero todo era en vano, pues al levantarse la manga, toda la milpa quedaba deshojada, al igual que los montes cercanos”. Perdidas las milpas, lo peor estaba por venir pues el maíz no había “y la gente tenía que recolectar frutos de ramón, macal y ñame y que al molerlos se podía hacer algo parecido a las tortillas que se acostumbraba comer”. El gobierno tuvo que importar maíces “tuxpeños” para saciar el hambre de la población, y que a cada familia se le vendía solamente un almud (4 kilos). La voracidad de saak’ era tanta, “que si una casa rústica tenía su techo con huanos verdes hasta eso devoraban en su paso destructor”. Hay otras cosas importantes que refiere don Juan Morales Bacab (habla de unos “chinos” avecindados en Peto), pero estas dos informaciones de calamidades, a mi parecer, son lo más importante porque rescata con ellas viejas historias olvidadas. Sin duda, la historia oral proporcionada por grandes narradores orales como don Raúl Cob (88 años), o don Ceferino Briceño Solís (103 años), es un elemento indispensable que ayudará a tener una visión más rica de la variopinta sociedad petuleña del siglo XX. Con historias orales, como la emprendida por Juan Morales Bacab con la memoria de los nohoch mako que entrevistó, podremos al fin quitar la grisura de las historias pueblerinas oficiales plagadas de anécdotas de profesores de pueblo y “honores a la bandera” y saraos pueblerinos. La historia de los subalternos, la veo llegando, viene abriendo mensuras, tumbando monte, sangrando el chicle y haciendo la milpa.

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