domingo, 11 de mayo de 2014

Sobre la indianidad y la "mestizidad" en un partido de frontera según dos censos del siglo XIX

No creo en las categorías étnicas, pero sin duda no puedo dejar de levantar las cejas cuando alguien se refiere a casi todos los pueblos de Yucatán como "pueblos mayas". Sin duda, hay mayanidad, desde luego, ¿pero porqué se intenta hacer monocromático al arcoíris?
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Algunos estudiosos de la "ciudad letrada", y demasiados radicales ignorantes de la etnicidad, señalan a todos los pueblos de Yucatán como "pueblos mayas". A los estudiosos de la ciudad letrada meridana les puedo pasar ese error, pero no así a los fundamentalistas de toda laya. Es decir, ¿su ideología no les permite observar que en pueblos y villas grandes como Peto, Tekax, Ticul, Sotuta, Izamal (todos estos pueblos que he dicho, fueron capitales de partido a lo largo del siglo XIX), existe un buen número de población no indígena?
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En mis pesquisas de historia pueblerina, me he encontrado en reiteradas ocasiones con estas élites rurales que dominaban las estructuras políticas, económicas y educativas durante todo el siglo XIX, lo cual siguió y sigue hasta en la actualidad. Estos "dzules" de pueblo se diferencian claramente en estos recintos pueblerinos, y durante buena parte del siglo XX practicaban violencias simbólicas con la población indígena del lugar como el de dividir los bailes entre "catrines" y "mestizos". La Villa de Peto, sin duda es una villa mestiza, aunque su "mestizidad", desde luego, tiene mucho de "mayanidad". En dos censos que he consultado, no me sorprende los datos que arrojó esta diferencia entre los "vecinos" (población no indígena) y los "indígenas del pueblo.
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En el Censo de 1881, el partido de Peto es de los cuatro partidos en los que el número de “vecinos” (población considerada no indígena) era mayor al número de indígenas. Peto contaba con 2,798 vecinos, frente a 2,381 indígenas. Los otros tres partidos con mayor número de vecinos eran Mérida, Ticul y Progreso. El número total de vecinos de los 16 partidos que existían en Yucatán para esa época, era de 111,194. Y en cuanto al número total de indígenas, era de 149,435. (Baqueiro, 1881).
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En el Censo de 1862, el número total de “blancos” para el partido de Peto era de 2085, casi tres decenas menor a los 2,348 indígenas totales del partido. Sin embargo, la Villa de Peto contaba con el mayor número de población “blanca” de todo el partido para 1862: 1999 “blancos” frente a 776 indígenas. Casi todo el número de indígenas se encontraban en los pueblos de Progreso Nohcacab, Tzucacab, Chacsinkín, Tahdziu, Tixhualatún, Dzonotchel y Tihosuco. Sin embargo, igual en estas poblaciones los “blancos” la habitaban, como es el caso del pueblo de Dzonotchel, donde el número de población no indígena (283) era mayor a la población maya (196).

lunes, 5 de mayo de 2014

LA CIGARRA

Cigarra. (Del lat. cicāla, por cicāda). 1. f. Insecto hemíptero, del suborden de los Homópteros, de unos cuatro centímetros de largo, de color comúnmente verdoso amarillento, con cabeza gruesa, ojos salientes, antenas pequeñas, cuatro alas membranosas y abdomen cónico, en cuya base tienen los machos un aparato con el cual producen un ruido estridente y monótono. Después de adultos solo viven un verano.
Te cuento a ti esto para que no se me olvide.
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Yo tenía una fórmula infalible de saber cuándo iba a llover por las noches cuando oía, al caer la tarde, en el pardo crepúsculo, a la cigarra llorar.
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Lloraba o cantaba, ya no me acuerdo como le decía a sus chirridos de hojas secas.
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Le preguntaba a mi padre, a tu abuelo, hija, ¿en dónde está esa cigarra, padre? y él me decía que en aquel tronco de ese roble viejo que sembró mi abuelo, tu otro abuelo, hija, hace medio siglo.
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Le preguntaba a mi abuelo, y él me decía que en ese árbol de ramón que sembró tu tatarabuelo hace 100 años.
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Hoy ya no les puedo preguntar a los dos, tú no los conocerás, pero si te acercas un poco a mis recuerdos, te contaré varias cosas de los dos.
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Ellos eran asiduos melómanos del canto de las cigarras, de ahí que a ti tal vez te gustará oírlas cuando crezcas, cuando estés niñita.
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Las lluvias en el pueblo venían para mayo, y casi siempre con ellas venía ese canto sostenido de la cigarra. Ahora estoy seguro que tal vez la cigarra sea otra forma de nombrar a nuestros mayores.

domingo, 27 de abril de 2014

EL DUCE CAPUCHINO SAVARINO, O DE LA REACTUALIZACIÓN DE LA DERECHA HISTORIOGRÁFICA EN YUCATÁN

Vean lo que piensa, dice y escribe, uno de la orden capuchina, el duce Franco Savarino, un fascistoide que ha hecho la apología de la hacienda henequenera –“países de jauja”, tal es lo que he concluido después de leer detenidamente sus descripciones de esa aberración de la codicia meridana que fueron las haciendas henequeneras- en su mamotreto Pueblos y nacionalismo, del régimen oligárquico a la sociedad de masas en Yucatán, 1894-1925, que muchos han pensado que es un “corte de caja” de finales del siglo XIX y comienzos del XX yucateco, pero que yo ya hasta dudo de su profundidad, y sin qué decir de su acomodamiento a la mitra y al "molinismo" historiográfico.
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Un católico protestantefóbico y un reactualizador de las ideas de la historiografía yucateca derechistas como sus Gamboa Ricalde, sus Hugo Sol, sus Mena Brito y las cartas pastorales de sus bien cebados obispos. Un anti maderista apologista del régimen homicida de Victoriano Huerta (véase Pueblos y nacionalismo…pp. 330-331); un hombre que no cree en la historia oral de los campesinos mayas cuando habla de la infame época de la esclavitud (Ibidem., p. 346), pero que se refociló en hablar de los que quemaron a su Cristo de las Ampollas en septiembre de 1915 (no narra el fervoroso italiano, el episodio de la quema comenzada por Diego Rendón, aquel Rendón que inundó la historia de la península cuando gritó a una muchedumbre que lo secundaba en el saqueo: “¡Si un Diego de Landa quemó los ídolos de los indios, otro Diego quemará hoy los ídolos de los fanáticos católicos!”), llamándolos como simples “chusmas ‘revolucionarias’”.
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En fin, un hombre que, en medio de toda la crítica que le pudo endilgar a la “revolución desde fuera” alvaradista, llamándola “invasión” al más puro clásico estilo de un “soberanista” defensor del status quo de la oligarquía yucateca, diciendo que se trataba de un Estado militarista y que iba directo al “totalitarismo”, hizo de tripas corazón para apuntar que el 36.2% del presupuesto del gobierno de Alvarado, en 1915-1917, se fue para instrucción pública. En fin, un defensor del catolicismo y de su ideología adoctrinante, pero que criticaba que esa misma educación alvaradista, y posteriormente socialista, hizo más que en 100 años atrás, en reducir el índice indignante de analfabetismo que los hacendados que tenían a Yucatán en un “país de jauja”, habían establecido a base de explotación al campesino. En fin, ahora, el reactualizador de las tesis derechistas de los Gamboa Ricalde, de los Hugo Sol, de los Carrillo y Ancona y de los mitrados, al hablar del indigenismo carrilloportista, negaba hasta que la cultura del campesino maya era en verdad una forja de ellos (Sierra O’Reilly, a mediados del siglo XIX, tenía ideas similares del duce italiano de finales del siglo XX). Decía el reactualizador de la historiografía de la derecha yucateca –“revisionista”, dice ser-, lo siguiente:
Entre los campesinos mayas sobrevivía un lejano eco de la civilización prehispánica, alterada por las leyendas y revivida durante los desplazamientos en la selva, en donde los campesinos literalmente tropezaban con ruinas mayas. Sin embargo, la cultura campesina se había formado durante la Colonia, y estaba impregnada de catolicismo, aunque sui generis. En pocas palabras, la cultura campesina era en parte de origen europeo, con la excepción del idioma, los nombres, los topónimos, la alimentación y elementos del parentesco, del ritual y de la cosmovisión (p. 49).
No entiendo qué quería decir el duce capuchino Savarino con esa chorrada indigesta. Y me pregunto, ¿acaso conoció el duce Savarino, en su proceso de investigación, a un campesino solo?, ¿supo diferenciar entre las subregiones de la península a esa, al parecer, homogénea cultura que, salvo el 95 por ciento de ella, de origen maya, es netamente europea? Si al idioma, a la toponimia, a la alimentación, al parentesco, al ritual y a la cosmovisión no se le puede poner como elementos fundamentales de una cultura, no sé a qué elemento cultural se refiere Savarino para designar a la cultura de los campesinos mayas como predominantemente europea. Insisto, ¿cómo es que la analfabeta España pudo hacer mella en el núcleo duro de una sociedad que vivió buena parte de la Colonia, autónoma de los elementos culturales de unos cuantos analfabetos y parásitos españoles?
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jueves, 24 de abril de 2014

RECUERDOS DEL CORAZÓN DE LA MONTAÑA

Se acabó el tiempo de la montaña. / Se acabó el tiempo del chiclero. / Se acabó el tiempo del zapote. / Se acabó el tiempo de la resina del zapote, / se acabó el tiempo de la sangre blanca. / Se acabó.
Ana Patricia Martínez Huchim, es una escritora nacida en Tizimín, Yucatán, que escribe en lengua maya, pero que traduce al español, lo más fiel posible, ese mundo de la oralidad que ha podido rescatar como antropóloga de formación que es (y la palabra “rescate” significa mucho en un “mundo desbocado”, donde las antiguas oralidades van siendo destrozadas por una modernidad, o “sobremodernidad” desmemoriada). Sin embargo, ella no es una simple antropóloga. Es una escritora, y más que escritora, es una poeta cuya sensibilidad elegiaca se remonta a aquellos primeros poetas que cantaron los presagios y los recuerdos del mundo que desaparecía con el contacto indoeuropeo.

Para diciembre de 2013 me compré, en la Feria Municipal del libro de Mérida, un libro de Martínez Huchim sobre el chicle que más me ha encantado leer: Uk’a’ajsajil u’ts’u noj k’áax, que fue traducido como Recuerdos del corazón de la montaña. En la solapa de ese libro, se señala que Martínez Huchim, además de ser autora de libros de cuentos, ha participado en trabajos académicos sobre la “etnoliteratura”.

Creyendo fervorosamente que las etiquetas de antropólogos o “etnolingüistas” sin imaginación demeritan las valías de las literaturas orales y los trabajos de creación posterior (es decir, hablo del cedazo del escritor a la hora de la redacción), y en el entendido de que toda literatura, sea de “molde” o de “habla”, es literatura oral, me pareció que el trabajo Recuerdos del corazón de la montaña no se puede reducir a burda “etnoliteratura”, a pesar de que Ana Patricia señala en su introducción que se basó en la historia de una mujer que fue cocinera en “los tiempos de la chiclería”, y nacida en un pueblo “al oriente de Yucatán”. Es cierto, Recuerdos del corazón de la montaña es la vida de una cocinera, xTuux, o la “de los hoyuelos”, es la narración de sus recuerdos de cuando iba a la chiclería, a “la Montaña”, pero no es solamente eso: es la recreación literaria –que no ficcional- donde la autora no se confina al simple narrar de las anécdotas, sino que compone los recuerdos a base de ejercer el oficio literario de una poeta a las que las metáforas les salen al camino con una vestimenta sencilla, y podría decir que hasta levitando.

En un ensayo ya lejano sobre la literatura e historia oral respecto a los chicleros, Luz del Carmen Vallarta Vélez señaló el disenso o diferencia que había entre las literaturas “de imprenta” hechas por literatos y escritores urbanos como Luis Rosado Vega, Moisés Sainz, Beteta y otros (pienso en Rafael Bernal con su libro Caribal, el cual no trata Vallarta Vélez); y los recuerdos que los antiguos chicleros de Chetumal sentían por esa etapa del México cardenista: mientras que trabajos como Poema de la selva trágica denostaban y execraban la vida en “la montaña”, y estereotipaban al chiclero como un semi salvaje; los recuerdos de los antiguos chicleros y familias chicleras, veían a esa etapa como una de las más felices en su vida, una etapa plena de recuerdos. En mis entrevistas que he realizado a ex chicleros centenarios, coincide estas apreciaciones de la fenecida antropóloga, Vallarta Vélez:
Igual que otros autores de la época como Moisés Sáenz y Ramón Beteta, escribe Rosado Vega sobre la selva y la extracción del chicle y la madera desde el punto de vista de hombres con una cultura urbana. Juzgan la vida cotidiana en la selva desde sus parámetros de bienestar y comodidad. Para cualquiera que ha crecido rodeado de asfalto, la experiencia en este medio ambiente natural puede ser terrorífica.
Esta interpretación literaria de la vida en la Montaña, signada por la visión urbana donde se denostaban los peligros de la selva plagada de paludismo, de la mosca chiclera, de las asechanzas del jaguar, de las posibles picaduras de la nauyaca o la “barba amarilla"; por el contrario, en los relatos contados a Vallarta Vélez entraban de un modo distinto: eran los azares a los que se exponía el chiclero, cierto, pero también eran “compañeros” del solitario chiclero en su vagabundeo por la Montaña. Los recuerdos de los chicleros que yo entrevisté, no están teñidos de la barbarie que se puede leer en los reportes oficiales de las distintas expediciones científicas a Quintana Roo durante la primera mitad del siglo XX, o de los trabajos literarios de Rosado Vega, et al. Cierto que la barbarie explotadora fue un hecho comprobado en innumerables señalizaciones que se pueden encontrar en los archivos, pero en los recuerdos de chicleros o cocineras entraba de un modo distinto, podría decirse que hasta evocativo de una vida plena y feliz, de cuando el chiclero podía subirse a los zapotales, y sus brazos eran fuertes y podía ir a “tirar” y escuchar los bramidos del jaguar y cantar en el “jato” y plagar el mundo de la Montaña con sus dioses que llevaba a cuestas.

Ana Patricia Martínez Huchim no entra a esa categoría “urbana” de concebir el “tiempo del chicle”, como un tiempo “trágico”. Al contrario, ella asume el papel de poeta dado por los recuerdos de esa octogenaria madre, de esa abuela espiritual apodada xTuux de los que en algún momento nos hemos interesado por la etapa del chicle que recorrieron los pueblos como Peto, Tzucacab, Chemax, Valladolid o Tizimín. Asume el papel de poeta, para volver a cantar al viejo zapote, a ese árbol sangrante de los chicleros:
El Señor del corazón de la montaña/ Es el tronco del linaje de Junkúul Ya’./ Noj K’áax es su nombre. Y es el asiento de la cepa de “Los del chicle”. / El árbol de zapote es su árbol. / El zapote es su fruto. / La resina del zapote rojo es su escasez. / La resina del zapote blanco es su medida. / La resina del zapote morado es su abundancia. / La blanca resina es su sangre. /
El Noj K’áax, para el chiclero, canta Martínez Huchim, es “Abuela, / madre, / hermana mayor, / hermana menor, / gemela, amiga”.
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Tres cantos comienzan este libro bilingüe (trabajo únicamente la sección en español): El canto del corazón la montaña, el canto del zapote, que ya transcribí algunas partes; y el canto del chiclero. En todos estos versos, como he dicho antes, hay una hondura literaria que se remota a lo mejor de la literatura yucateca. Por su frugalidad y ática actitud poética, los cantos tienen elementos “ermilianos”, “medizbolianos”, pero sus raíces son netamente de la poesía cotidiana del milpero, del chiclero, o de los viejos que recuerdan sentados en la plaza principal de los pueblos de Yucatán, o de las abuelas que enseñan la vida sentadas frente al fogón, que seguramente Martínez Huchim ha escuchado en más de una ocasión.

Siendo una poeta, los nueve cuentos que siguen posterior al preludio de los cantos, son dominados por una mujer que narra su vida a la escritora: “En el cabo del pueblo, por el rumbo del abandonado pozo público, vivía la octogenaria doña xTuux, ex cocinera de los chicleros”. En la casa de bajareques, en el solar de la vieja xTuux, un zapote vetusto “amparaba a la casa y a la senil mujer”. No sabemos su nombre, ella ya no recuerda cual es, se llama xTuux porque así fue bautizada por un amor mezquino e infiel; espera el final “sumida en lo más hondo” de su hamaca, con la carga de sus cuatro veintenas de años augurados por el pájaro xpu’ujuy (tapacaminos); es afilada de palabras, y dura de carácter porque “se rajó el cuero en la montaña” para crecer a la parentela, y a un hijo apodado Muuts, que no nació de su vientre pero que fue su hijo desde que la joven xTuux lo adoptara y lo llevara consigo a la Montaña. Martínez Huchim, a lo largo de los nueve cuentos, toca a este elemento principal de todo hato chiclero: la cocinera, una mujer igual de importante que el capataz para la buena administración del “jato”. En la cocinera descansaban las interminables faenas cotidianas de dar de comer a 15 o 20 chicleros, con la “montaña de masa” para hacer tortillas que no acababan. A pesar de que Recuerdos del corazón de la montaña está enfocado a la vida de esta inolvidable cocinera, Martínez Huchim tiene frases y metáforas preciosas para describir las trashumancias y trabajos de los gambusinos de la selva que fueron los chicleros. Apunto algunas:
“Plaga de langostas en busca de hojas de elotes, la caravana de chicleros marchaba en busca de zapotales al corazón de la montaña”.

“Recordó entonces que los chicleros no pedían permiso a nadie para servirse de los beneficios del zapote como reverentemente el campesino de su sueño lo solicitaba a los Señores del Monte. En la montaña eran peor que animales: agarraban mata para sangrar y ya, ¡qué rezos ni qué nada!”
“Pájaro carpintero escarbando gusanos de los árboles, así, con gran esfuerzo y dedicación, el chiclero iba sacando la resina…”
Martínez Huchim, al narrar la vida de esta ex cocinera octogenaria, tal vez en el mismo lenguaje maya que utiliza, así como en algunas descripciones que hace, entra a una actitud feminista para hacer la crítica de una sociedad rural –la de los pueblos de Yucatán- altamente machista, donde mujeres como xTuux se tuvieron que abrir paso a punta de machete en un contexto donde la violencia hacia la mujer se da hasta en el lenguaje maya mismo. Me explico. En el relato llamado La apacible boa, la autora señala el origen de por qué su protagonista decidió ser cocinera: por una infidelidad del marido llamado “Lol”, que terminó en una separación. Hay un momento en que la protagonista se confronta verbal (y no verbal), mente con la otra mujer. Se gritan palabras como ¡Xyáaxkáakbach! (traducido como reputa) y Xche’k’a’am peel (en el glosario, Martínez Huchim apunta que es un “insulto entre mujeres” y significa “vagina desvirgada”). Al separarse del marido, xTuux toma el machete chiclero de su padre muerto con el que antes “cortoteó” el sombrero y las alpargatas de su infiel esposo. Desde entonces, sin el marido, “el machete chiclero al cinto formó parte del atuendo de xTuux y no se separaba de él ni cuando dormía”. No necesito decir que el machete es un símbolo fálico preciso, pero también es un símbolo con el cual la protagonista asume su nueva condición de mujer libre. La opción que le quedaba a xTuul, era, o asumir plenamente una condición de mujer libre que se valía por sí misma, desconocida para el pueblo, o ser la simple “dejada”. Xtuul decidió partir a la montaña, no sin antes responder a las mentalidades de una sociedad patriarcal donde las “dejadas” sólo son vistas como “Pozo público –señala Martínez Huchim- donde cualquiera podía jalar agua”. No sería “pozo público”, a expensas de cualquier borracho que quisiera sacar su “k’aaskep” (utilizando el glosario de Martínez Huchim, significa “pene feo”) de hombre feo para orinar en la albarrada de su casa, pero sí dejaría de ser una “jach mestiza” (en el pueblo de Martínez Huchim y en el mío mismo, las “jach” o verdaderas mestizas, según la conseja, “no usan ropa interior”), al despojarse de la tutela patriarcal de un marido que ejercía la violencia económica:
“-¡Mi Lol, mi Lol! Al volver de cada temporada de chicle, xTuux se compraba ropa y le presumía a las envidiosas: -Lol me hizo jach mestiza ya que nunca me compró ni siquiera ropa interior…decía que no era necesario. En cambio, ahora que me mantengo sola –se levanta el fustán-, hasta calzón caro uso”.
En el hato chiclero, xTuul, la libre, rodeada de chicleros, se volvió “flor del camino”, “venado en clamoreo”, “mariposa al paso de niños”, “paloma al acecho del gavilán”, “libélula en sarteneja de sapos”, “luciérnaga en la oscuridad de la noche”. Palabras, sin duda, duras de Martínez Huchim para referirse a aquellos hombres solos que fueron los chicleros, que en 5 0 6 meses en la Montaña, lo que únicamente deseaban, más que todo, era estar con una mujer “cual perros de hembras en celo”. Sin duda, muchas mujeres cocineras pasaron sin mácula el vivir en la montaña, pero los casos de prostitución no son desconocidos. xTuul contrarrestó las acechanzas de esos “gavilanes”, “sapos” y “tiradores”, de formas curiosas:

“Trabajar en el corazón de la montaña, en campamentos chicleros, no fue una vida fácil: xTuux era merodeada como los cazadores espían al venado. Mantener a distancia a los fulanos era más cansado que moler los tres almudes de nixtamal al día. De ahí tomó la costumbre de wixar [orinar] parada para evitar que los pelafustanes la acecharan. Era un martirio esperar hasta la noche para meterse al monte a defecar, escondida detrás de los árboles, y limpiarse con hojas y palos podridos. Y eso de mantener la vista al suelo y no mirar a nadie directamente a los ojos, para evitar malos entendidos, se le quedó por hábito aunque no estuviera en la montaña.”
El libro termina con los gritos del Xpu’ujuy dando brinquitos en el zapote de la casa de la vieja ex cocinera. Ella, levantándose de su deshilachada hamaca, se fue a ver al pájaro que le hablaba. Y parada frente al zapote, se adhirió a el la vieja xTuux, y recordó su vida, y recordó a sus hombres del corazón de la montaña. Una vez, en Peto, alguien me contaría del último suspiro de otro chiclero, que en el momento final de su vida, con más de 80 años a cuestas, tomó sus oxidados espolones y decidió subirse a un zapote que tenía sembrado en su solar. Murió recordando cuando chicleaba, similar al ultimo suspiro de la vieja xTuux abrazada al zapote.

miércoles, 23 de abril de 2014

VENGA USTED, SEÑOR, YO LO ESPERO CON LA MEMORIA DE MI ABUELO

Estoy poniendo en la mochila mi reportera, mi libreta francesa de apuntes, verifico si mi bolígrafo de cuatro colores está en la bolsa de mis pantalones, tomo la cámara y acabo el tercer café de la mañana digerido en ayunas. Estoy despierto desde las 5 de la mañana, transcribiendo datos del último capítulo de una tesis que, remedando a la canción de Daniel Camino Díaz, alias Canseco, fue “forjado en cien años de amor esa historia”. De amor y de jodida angustia y horas nalgas aburridas. Apunto la dirección que me dieron, no sé qué camión tomar para llegar a la Alemán. Le hablo a una amiga, Carmen, y me dice que “donde están las Piñatas, cerca del CIESAS, ahí se toman los que van a la Alemán”.
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Y es que estoy ajetreado porque ahora voy a entrevistar a don Guillermo Baduy Moscoso, nieto del "turco" don Antonio Baduy, uno de los hombres principales que movieron el chicle en los primeros 50 años del siglo XX en la Península. De Antonio Baduy es un caso digno de contarse su historia, vino sin nada a la Península, y a base de puro tesón, labró su destino que crecía a la par que las arrias de mulas cargadas con marquetas de chicle, llegaban a su finca San Antonio Sisbic. Antonio Baduy tenía su residencia en Peto, en la casona principal que está a un lado del edificio porfiriano del centro, donde actualmente hay un colegio preparatoriano que se cae a pedazos, y que ya no recuerda sus épocas mejores. Esa casona, lamentablemente, es todo un gallinero de familias extensas hoy en día, da lástima cruzar ahí y ver a cerdos y cerdas humanas ensebarse todo el día, tirados en la hamaca, y engordando. Antes, era la casa principal de ese hombre que recorrió todo Quintana Roo en busca de la resina del zapote. Don Guillermo me dijo por teléfono:
"Venga usted, señor don Gilberto, mi abuelo me contó todo sobre el chicle y quisiera contársela ahora a usted”.
Y ya me largo, y ya me fui en busca de la memoria del concesionario chiclero Antonio Baduy, antes de que el olvido o la muerte nos agarre para siempre.

domingo, 20 de abril de 2014

IDÓLATRAS PENINSULARES

Esos idólatras fariseos que el jueves y el viernes santo (¿y por qué no existe un miércoles santo? pero a decir verdad, los idólatras que ahora tuestan a su gordo amor en la playa más cercana, en realidad son devotos del San Lunes) se sacan hasta dos pedos de tristeza porque les tiene prohibido su parroquia comer carne roja, y se pasan esos días devorando al pobre pez o matando camarones o zampándose papadzules o, peninsulares caníbales que somos, embutiéndose su brazo de reina. Esos idólatras fariseos, he dicho, que el jueves y viernes santo están en vigilia de carne -algunos hasta ni fornican-, hoy domingo los vemos haciendo colas inmensas, en romería, esperando desde las 5 de la mañana a que salga la cochinita. Hoy, más de uno de estos fariseos comió dos kilos de cochinita, y al momento de hacerlo, los cielos se les abrieron....

jueves, 17 de abril de 2014

LA HISTORIA DE YUCATÁN VISTA DESDE TIERRAS DE MACONDO

A la memoria del fabulador de Aracataca
Una vez dije que todos los que hemos nacido en tierras tórridas, los de los trópicos, somos hijos del fabulador de Aracataca. Si en una parte de un trabajo de tesis que hago, nombro a la etapa del chicle que recorrieron los pueblos del sur de Yucatán (1900-1950) como "la hojarasca chiclera", es porque considero que existen muchas imágenes que antes había leído en las obras de García Márquez: la fiebre del chicle era similar a la fiebre del banano, porque en el pueblo, la hojarasca chiclera:

“En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios..."

...como las mujeres solas, las máquinas voladoras de un tal Francisco Sarabia, la máquina de hacer hielo y refrescar al necesitado y “hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades” llegó al pueblo con la hojarasca chiclera. 

Los turcos se asentarían en el pueblo persiguiendo a los soldados pacificadores de Bravo para venderles a precio de guerra sus buhonerías, y años después llevarían sus mulas en busca de sus marquetas de chicle. La peste del olvido que alguna vez llegaron a tener los macondianos, era similar al paludismo -sus temblores recurrentes hacían olvidar que alguna vez se tuvo salud- que siempre haría estragos a los pueblerinos sureños.

En las novelas de García Márquez, los gitanos volaban con sus esteras por las calles de Macondo. En mi pueblo, los gitanos llegaron hasta finales de 1980, siempre pidiéndoles las manos a los hombres, las gitanas de tetas poderosas para que pudieran leer en ellas con sus miradas de Casandra, o para que untaran de caricias vaporosas, sus ubres capaces de amamantar hasta a un regimiento completo. 

En la novela suprema de Macondo, hay un galeote del siglo XVII comido por la selva, y en las imágenes que tendríamos de los pueblos del sur de Yucatán abandonados por esa larga e interminable guerra de mil días sobre mil días de días apilados que fue la Guerra de Castas, los pueblos que llegarían al siglo XX (Ichmul, Sacalaca, Tihosuco) eran pueblos comidos por la selva donde crecían en las paredes de los templos donde antes estuvieron los santos de la cristiandad, sólo los aluxes de los idólatras y las serpientes de ramones y guayacanes enredadas en el tiempo del ruido de cuando se guerreaba.

Y en cuanto a la historia de Yucatán propiamente, toda ella podría decirse que se lee en clave macondiana: Macondiana resulta desde que Gonzalo Guerrero peleó al lado de los mayas de Chactemal por una patria adoptada y en contra de sus congéneres barbudos; hasta los hombres de empresa como Rodulfo G. Cantón –el que llevó el ferrocarril de la “pacificación” a los eriales polvosos del norte de Peto-, quien como el afiebrado José Arcadio Buendía que buscaba los arcanos con sus astrolabios y brújulas traídas por el gitano Melquiades, vendió su alma y su hacienda para salir de Mérida con una idea fija: haría restallar los pueblos de la Sierra con los pitidos humosos de esa “máquina del progreso” que corría en líneas de acero. Brazos esclavos le ayudaron en la obra.

En Yucatán, como en la historia universal de Macondo, había una guerra que duró 54 años, lapso de tiempo en el que cabrían más de mil guerras de mil días. Caudillos cuyo único motivo era hacer la guerra a Mérida, habían llegado en el otoño de su vida al poder con la única consigna de terminar esa "guerra de mil días". Casi niño, Francisco Cantón, señalado por Joseph y Wells como una especie de Aureliano Buendía de la Península, se batió en los muros de Valladolid para defender su ciudad de las amenazas del “bárbaro”, y ya en el poder, endrogaría las arcas de Yucatán para mandar a sus guardias nacionales –tomados por la leva en los pueblos- para secundar a otro general, Ignacio Bravo, también en el otoño de su vida.

La historia yucateca, repito, se podría leer en clave macondiana, y no me cabe la menor duda de que un futuro reinterpretador del socialismo en Yucatán, que fue arriado por el Dragón Rojo con ojos de jade, Carrillo Puerto, no le caería nada mal zambullirse en la narrativa del fabulador de Aracataca.

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