miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL SALVOCONDUCTO DE MONTALVO SOLÍS: INEXPERIENCIA Y COHETES VOLADORES



Mientras estaba escribiendo el capítulo III de una investigación de larga duración sobre la región de Peto, leí con suma delectación El arte de la guerra y el libro De la guerra, de Sun Tzu y de Clausewitz. He analizado, desde octubre de 2012, a conciencia las grandes batallas de la segunda guerra mundial, me interesa la vida de Huerta como estratega militar, así como la de Villa por el instinto de guerrero salvaje que tuvo. No me jacto cuando digo que recorrí los Ocho mil kilómetros en campaña, del manco de Celaya, nomás para buscar sus estrategias militares y conocer un poco más de la vida del único general invicto que dejó tras de sí la revolufia. Me he pasado horas analizando las batallas, las escaramuzas y los partes militares de la Guerra de Castas: considero a Crescencio Poot como el mejor mariscal de campo de los cruzoob, por encima del sanguinario Bernardino Cen.

Por esas cosas y más (no quiero decir que en mis años de estudiante de derecho, leí Guerra de guerrillas, de un excrementicio cubano-argentino), analizando el asalto al cuartel de Peto de marzo de 1911, no puedo dejar de señalar que Rivero, en algo se equivocó aquella noche memorable: ¿Cómo fue posible que se presentara para asaltar a los elementos de la oligarquía local sin dividir previamente a sus 20 hombres del principio? Con sus 20 hombres, creo yo que don Elías Rivero hubiese optado por dividirlos en grupos de 10, para hacer dos ataques simultáneos: presentarse como rayo en el cuartel militar custodiado por menos de 5 hombres dormitantes; y rodear al mismo tiempo la casa del execrable hijo de puta, Casimiro Montalvo Solís.


Pero eso no fue así: los hombres se fueron directo contra el cuartel, dándole tiempo a Montalvo Solís para ser apercibido por un soldado que se fugó del cuartel por la parte de atrás, y así huir cobardemente de Peto en una mula, para parapetarse en Tzucacab. Y por si fuera poco, la falta de inexperiencia de Rivero, de Tránsito Solís, de Antonio Tuyub, de Santos Encalada, etc., se deja ver notoriamente cuando, una vez eliminados a Marcos Acosta (hijo bastardo de Montalvo Solís) y al teniente Sixto Quintero, “elevaron dos cohetes voladores en señal de alegría por su triunfo.” Esos voladores, si no despertaron a medio pueblo, al menos al tuerto Casimiro Montalvo Solís le significó su salvoconducto para seguir viviendo unos años más. Sin embargo, no le restamos ningún mérito a Rivero y a los primeros hombres que lo acompañarían, porque “cojones” se necesitaba a esa hora en que casi todo Yucatán dormía la siesta henequenera. 

"Decían que todo acabaría con la revolución": Los xtoles de 1760 y los xtoles de 1911



Ningún indicio de la rebelión petuleña de marzo de 1911 se había dado de forma precisa. Sólo después, cuando sucedieron los hechos, las autoridades comenzaron a sacar deducciones de que algo se había tramado con antelación. El 4 de marzo de 1911, el jefe político de Peto, Casimiro Montalvo Solís, envió al juez de primera instancia, a un tal Lucas Aké, vecino de Catmís, atrapado por el comisario municipal de Chacsinkín, por oírle decir un día antes del 3 de marzo, que iba a estallar un levantamiento”. Firmaba el acta enviada al juez de primera instancia, además de Montalvo Solís, uno de los hombres que trabajaría el chicle de forma industrial y sería un potentado de Peto en los años 1930, quien fungía para ese tiempo como secretario de primera instancia de Montalvo: Rafael Sánchez Cervantes.[1] Además, los reportes de prensa de “los sucesos de Peto”, recordarían que días antes, en el marco del carnaval de ese año, una pareja de viejos habían hablado de “revolución” entre los que asistían a las fiestas de carnestolendas: 

Parece que la revolución estaba anticipadamente proyectada, pues el lunes y martes de carnaval salieron Máximo Sánchez y Tránsito Solís, el primero vestido de viejo y el otro de vieja. Así vestidos fueron de casa en casa y después de bailar, en un diálogo decían que todo acabaría con la revolución. Naturalmente, todos reían de esa ocurrencia.[2]

Sin duda, estas actuaciones de Máximo Sánchez y Tránsito Solís eran parte de la fiesta de los xtoles que hasta hoy en día se practica en la Villa de Peto durante el martes de carnaval. Sin embargo, la tradición de los xtoles se remonta hasta tiempos de la colonia, y según el profesor Pedro Uc Be, hasta en tiempos prehispánicos. Uc Be me ha referido, que en situaciones de guerras o problemas climáticos como los huracanes o las langostas que amenazaban a los pueblos antes del contacto-indoeuropeo, existía una comunicación entre pueblo y pueblo mediante un mensajero que se ocupaba de correr al pueblo vecino para decir o avisar sobre el peligro que se aproximaba, y estos mensajeros eran designados como xt’ooles, llamados así porque corren rápido para comunicar el mensaje.[3] 
Es sintomático que en la rebelión de Jacinto Canek del año de 1761, se tenía noticias que desde 1760 habían corrido mensajes por los pueblos mayas del noroeste yucateco, los cuales decían que era inminente la llega de un xtol que llevaría cartas a los caciques de los pueblos por donde transitara, y que pediría muchachos. En pueblos que serían parte del partido de Peto en el siglo XIX, como Dzonotchel y Celul, se corrió el rumor de que en el último pueblo había nacido un xtol, entendido como "un baile de los indios." Lo mismo decía Stephens en la primera mitad del siglo XIX, de que el xtol era una especie de danza o representación de la conquista que hacían los indios. Podríamos interpretar los bailes y los diálogos de los xtoles Máximo Sánchez y Tránsito Solís, como ritualidades de los mensajeros de un cambio o un rompimiento del estado de cosas en la villa de Peto:[4]

En las primeras décadas del siglo XIX, la “danza de los Xtoles” se escenificaba todavía en muchos pueblos del sur y sureste de la península yucateca. Esa combinación muy antigua de música, canto y danza la realizaba una especie de actores populares a quienes se denominaba con el mismo término. Al parecer la representación poseía un carácter religioso y, al mismo tiempo, se le puede considerar un baile de guerra.[5]
Para las élites petuleñas de principios del siglo XX, los cantos y danzas que hacían el martes de carnaval Máximo Sánchez y Tránsito Solís, no las veían para nada como un indicio de guerra, como preparativos para la guerra. Qué poca capacidad tenían los catrines para mirar los nubarrones que se arremolinaban en el horizonte del pueblo.



[1] Causa seguida a Elías Rivero y socios por los delitos de rebelión, homicidio, destrucción de propiedad ajena, y ataques a la libertad individual y robo.” AGEY, Caja  670, sección Milicia. Serie: Jefatura política. Asuntos internos (1911).
[2]‘Porque te portas bien no te toreamos,’ dijeron los rebeldes al joven D. Antonio Espinosa”. Diario Yucateco. La tarde, 11 de marzo de 1911.
[3] Comunicación personal del profesor Pedro Uc Be, escritor en lengua maya.
[4] Y en este punto, disiento de la idea de Padilla Ramos (2011: 78, nota 116), que imputa “indiscreción” a Máximo Sánchez y Tránsito Solís, como producto de la ingesta de alcohol. Tal vez las actuaciones de Sánchez y Solís en el martes de carnaval recreaban, sin tener conciencia tal vez, la tradición maya de los xtoles, dando un mensaje de un cambio inminente mediante una “revolución” que se realizaba al norte y centro del país, y que pronto aparecería en los montes petuleños.
[5] Bracamonte, 2004: 109. El autor cita a Miganjos Noh (2000), quien señala que en Chacsinkín, pueblo de la región de Peto, subsiste un ritual llamado xtoles que se realiza durante los días de carnaval, y consiste en personajes que, junto con el pueblo, efectúan denuncias y demandas ante las autoridades locales, señalando los agravios. Este ritual se da tanto en Peto y varios pueblos de la región, en los mismos términos que señala Miganjos. Podemos observar las actuaciones de Máximo Sánchez y Tránsito Solís referidas, como un rital xtol en el que señalaban agravios al pueblo por parte de las autoridades políticas y económicas, y que esos agravios sólo acabarían “con la revolución”.

martes, 9 de septiembre de 2014

Delfino Pech Nah o de las estructuras "catrinas" de poder en los pueblos grandes de Yucatán

Gremio llevando en procesión a la virgen de la Asunción, Peto, Yucatán. Archivo fotográfico de Jesús Lizama


Don Delfíno Pech Nah, de oficio camisero, fue el único presidente municipal de Peto (1929-1931), que antes de la década de los noventa del siglo XX, venía completamente del segmento maya del pueblo. El cronista Máximo Sabido no señala esa característica étnica de Pech Nah, pero dice que tenía por oficio ser “peluquero” (en otro texto, señala que era “camisero”), “y que a pesar de su escasa preparación supo demostrar honradez y eficiencia durante su administración. En ese entonces Elías Rivero era el dueño de vidas y haciendas en Peto y pretendió imponer su voluntad ante Pech Nah, pero éste supo llevar con decoro la encomienda municipal.”[1]
A don Delfino, un socialista "moderado", las élites pueblerinas de Peto lo fueron constantemente acercando a sus círculos…En las notas de prensa se dice que este presidente municipal gustaba de asistir a los saraos organizados por antiguos miembros porfirianos y liberales, a los cuales he caracterizado como miembros conservadores que supieron lidiar, adaptarse y "camalonearse" en el nuevo estado de cosas suscitado a partir del periodo postrevolucionario. A don Pech, las fiestas, sobre todo si eran fiestas en su honor, le gustaban, y en serio.[2]
En la década de 1930, las élites mestizas porfirianas (pienso en Desiderio Alonso, en Máximo Sabido, en Rafael Sánchez Cervantes), habían efectuado completamente el "cooxviramiento", y ya tenían voz y voto en el PNR local.
A don Delfino Pech Nah, a pesar de sus dos apellidos indígenas, y a pesar de que hacía milpa, no podemos contabilizarlo como un elemento indígena disruptor del estado de cosas porfirianas que siguieron en el pueblo hasta bien entrado el siglo XX: como en los ayuntamientos de la segunda mitad del siglo XIX, el Ayuntamiento de Peto de la primera mitad del siglo XX y un poco después, tenía dueños, y estos casi siempre emparentaban de algún modo, y ninguno perteneció a la clase indígena del pueblo, que era y sigue siendo la gran mayoría: las estructuras de poder –así como las estructuras educativas y económicas- eran claramente “mestizas”.[3] 

Además, a la exclusión de elementos de poder indígenas en el Peto del siglo XX, se presentó otro tipo de poder étnico acunado desde la etapa del chicle, sino es que antes: en 1915 vemos que casi todos los comerciantes del pueblo eran de origen “otomano”;[4] y en años posteriores, apellidos libaneses como Teyer o Baduy, estarían compartiendo el poder con apellidos no indígenas que se remontan a la segunda mitad del siglo XIX. Apellidos como Alonzo y Calero, se presentan en el pueblo desde los primeros años del siglo XX: Pedro y Tomás Calero eran concesionarios del chicle con harto poder económico el primero, y que estaban posicionados en el bando no socialista, sino, como la mayor parte de las élites petuleñas venidas desde fines del siglo XIX, en el bando “liberal” de los conservadores del estado de cosas anterior a marzo de 1911, en el que hiciera su aparición en el pueblo la violencia campesina comandada por el platero Elías Rivero.[5]  

Sintomático del dejo de racismo –no hay otra palabra- que se deja ver en la praxis política cotidiana en el pueblo de Peto durante casi todo el siglo XX, es el comprobar que Delfino Pech Nah fue un "progresista", desde luego, pero un progresista del blanqueamiento en el pueblo, y que dejó escuela del blanqueamiento al final del siglo XX en presidentes municipales con uno o dos apellidos indígenas: Uluhuac, Yah, Aké Can, desde luego que no entran, por sus cotidianidades, a representar un cambio en la tónica mestiza de poder que se da en casi todos los pueblos grandes de Yucatán desde la segunda mitad del siglo XIX (el caso patético, es la racista Valladolid de los Peniche y de los Alcocer).

Es decir, podemos barajear la hipótesis de que, en el inconsciente colectivo del poder en Yucatán, la “barbarie” de la Guerra de Castas -la coalición de los batabes de los pueblos promoviendo el justo reparto del poder y la riqueza en el año de 1847- todavía es posible de comprobar mirando a las familias de “catrines” en los pueblos grandes de Yucatán que detentan el poder político y económico a contrapelo de visiones multiétnicas recientes del poder: En Tekax fueron los Romero en 1920 y siguen siendo los Romero, en Tzucacab fueron los Güemez; en Peto, siguen siendo los de siempre, desde luego, pero con algunos que hasta a fuerza han entrado al proceso de blanqueamiento en sus visiones galopantes del poder.




[1] Sabido Ávila, Máximo (1996), Mis memorias de Peto, Mérida, Edición del autor, p. 104.
[2]La noche del 25, con motivo del onomástico del señor Delfino Pech, Presidente Municipal de esta villa, la Sociedad Obrera Juvenil organizó un baile de asalto para festejarlo. Fue amenizado por el concierto local “Aurora”, bajo al dirección del profesor Fabián S. Arcilla. Al día siguiente el festejado obsequió a sus amistades con un almuerzo, al que asistieron las autoridades, el profesorado, el que suscribe, la directiva de la Liga y el Teniente de Infantería, jefe de la delegación de esta plaza, Petronilo Pool C.” Diario del Sureste, 30 de noviembre de 1931. “Peto…Onomástico.”
[3] En la segunda mitad del siglo XX, el que escribiera el libro Mis memorias de Peto, Máximo Sabido, tuvo a dos miembros de su clan familiar como presidentes municipales: César Ruiz Villanueva y Rubén Calderón Cecilio, yernos los dos, y el último de origen libanés en el segundo apellido. Por “estructuras mestizas de poder” entiendo a los miembros de la sociedad no indígena, o que no se creían tales, dirigiendo al pueblo en “cosas de política.”
[4] Cfr. AGEY, Fondo Justicia, serie Penal, sección Juzgado segundo de paz de lo criminal, subserie robo, asunto: Causa instruida a Luis y Ladislao Pech y socios por el delito de robo en la villa de Peto.
[5] En noviembre de 1919, se decía que: “De las monterías de la negociación chiclera Sacalaca de don Pedro Calero, se han estado llegando a esta villa grandes cantidades de esta preciosa resina. Alienta una esperanza verdaderamente consoladora la introducción de este producto, pues se nos refiere que tiene actualmente muy buena cotización en dólares y el propietario de la negociación señor Calero, ha comenzado a retribuir a sus jornaleros en especies metálicas…” La Revista de Yucatán, 25 de noviembre de 1919.  “Entrada de chicle”. Pedro Calero era miembro del Partido Liberal en el pueblo. Cfr. “De Peto”. La Revista de Yucatán, 16 de noviembre de 1919.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Esperando a los "bárbaros": la Villa de Peto en 1855



El 24 de diciembre de 1855,[1] el cambio en el fiel de la balanza de la guerra que los rebeldes sostendrían con los yucatecos –o mejor dicho, con los pueblos yucatecos de la frontera que corría desde los Chenes, pasando por Tekax, Peto, los bordes de Sotuta, los pueblos de Kanxoc, Tixualahtun, hasta llegar en el lejano partido de Tizimín- comenzaría a sentirse en la villa de Peto mediante estas premonitorias palabras de Ramón Serrano y Carlos M. Quijano, vecinos del pueblo, dirigidas a su ayuntamiento:

El inminente peligro en que se halla esta infortunada población de perder de un momento a otro su existencia, y de desaparecer bajo del hacha brutal y tea incendiaria del indio feroz del oriente que ha engrosado sus filas con una parte numerosa de los antes pacificados del sur, pone en el duro y lamentable caso a todos sus habitantes de recurrir frente a usted como órgano inmediato de su representación, y a ustedes escribiendo su voz al gobierno del Estado[2].
Serrano y Quijano externaban, además, que las recientes arremetidas contra el pueblo y su región sureña, se trataban de otra clase  de guerra “la que actualmente hacen los indios, y estos no son los que la comenzaron, son otros”[3]. En efecto, en septiembre de 1854, luego de varios años de no entrar por la región, los de Santa Cruz, comandados por los generales Crescencio Poot y Zacarías May, se habían presentado en Peto con la intención de tomarlo pero sin lograrlo, pues junto con la escasa tropa acantonada en la villa, la gente del pueblo se batió en armas con los rebeldes. El día 8 de septiembre, el coronel José María Novelo, “el digno compañero del coronel D. Eulogio Rosado”, informaba del ataque repentino, señalando que a los indios se les rechazó después del primer ataque, llegando hasta las bocacalles de la plaza principal de Peto; y en un segundo ataque con mayor intensidad,  se tuvo que hacer un gran esfuerzo para animar a una tropa –y seguramente a un pueblo- ya cansado. La ayuda de los cosacos fue de gran importancia para el rechazo definitivo, pues poniéndose a la vanguardia, y a pesar de la obstinada resistencia de los rebeldes, se les puso en fuga persiguiéndolos hasta la distancia de media legua de la villa, haciéndoles 15 muertos y algunos heridos, entre los que se encontraban los mismos generales Crescencio Poot y Zacarías May, que fueron llevados por los suyos en kochees gravemente heridos[4]. No obstante, para el 9 de septiembre, este grueso grupo de rebeldes –ochocientos hombres, armados con fusiles 40 de ellos, y el resto con palos, hachas y machetes- se presentaría en el pueblo cercano de Tiholop y pasarían por Yaxcabá tomándolos a ambos y saqueándolos, para después tomar rumbo por el pueblo de Kancabdzonot[5].
Una nota de prensa del periódico oficial del estado decía, que “Los bárbaros habían formado un gran plan para nuestra ruina y que hubieran llevado á cabo sin su derrota en Peto, por lo que los heroicos defensores de esta villa se han hecho dignos del general y profundo reconocimiento de sus conciudadanos”. Repelidos los rebeldes en Peto, estos se echaron sobre otros pueblos “para no perder del todo el golpe preparado”, devastando a Yaxcabá y prendiendo fuego a Tiholop; y cargados de botín, habían vuelto a sus selvas orientales[6].
Meses después, para el 11 de febrero de 1855, los de Santa Cruz se volverían a presentar a los pueblos del partido, atacando Peto de forma nuevamente infructuosa, y al ser rechazados, tomaron camino para el rumbo de Yaxcopil, pueblo al sur de la villa, donde pasaron a machete a siete personas de ambos sexos, y con sus teas le prendieron fuego al inerme Yaxcopil. En el rancho San Francisco, el Batallón Activo de Mérida (100 hombres), a las órdenes de Vicente Ruiz, sostuvo armas con los rebeldes a las siete de la noche, y logrando que se desbandaran, les tomaron 6 fusiles, una escopeta, un machetón, bastimentos y bestias de su botín. En Xpechil,  el Batallón Activo de Mérida no encontró más que rastros de sangre de los soldados heridos de Santa Cruz. Ya para la madrugada del 12, en los ranchos Xbulukax (o Bulukax), San Pablo, Pol-Uinquil y San Pedro, con un radio de seis leguas de Peto, los de Santa Cruz habían dejado toda la caballada sustraída, así como un número macabro de 52 cadáveres de los ranchos, “entre criaturas y grandes de ambos sexos”. Esos ranchos habían sido destruidos en su totalidad. El parte oficial, jactancioso, decía que los de Santa Cruz habían tomado rumbo hacia la laguna Chancanab, e “iban a toda prisa por el escarmiento que había recibido”. 45 caballos, entre bestias mulares y rocines, así como armas y efectos, se habían recuperado del cuantioso botín[7].

El parte oficial era claro al respecto: la guerra no había terminado con los tratados de paz de 1853 entre los yucatecos con los “mayas pacíficos” –éstos, para 1867 se fraccionarían, y un grupo volvería a tomar las armas engrosando las filas de los de Santa Cruz, así como surgirían nuevos grupos rebeldes en la década candente de 1870, que al parecer eran sirvientes prófugos de las pocas haciendas del partido[8]-; y menos entre los primeros con los de Chan Santa Cruz, que no habían pedido tregua, aunque con el correr de los años habría intentos infructuosos entre éstos y los yucatecos. La guerra continuaría, con intermitencias, en los partidos fronterizos, y la última acción bélica registrada se daría en 1886, tal vez como consecuencia de las terribles plagas de langosta de los años anteriores, que según rumores llegados a la jefatura política de Peto en febrero de 1885, el acridio había barrido completamente las milpas de los de Santa Cruz, que hizo que los mecanismos de sobrevivencia de la sociedad rebelde, como la cacería y la pesca, se acrecentara[9].


El 16 de febrero de 1855, después de los 2 ataques que Peto y sus pueblos habían sufrido en menos de seis meses, un artículo de la redacción del diario oficial, hacía eco de ese clima difícil producido por las estelas de muertes dejadas por los dos ataques de los de Santa Cruz. El artículo comenzaba con el clásico antes y después de 1847:

La villa de Peto, antes de la guerra de castas, era uno de los pueblos más grandes y florecientes de la península porque entonces esta villa, lo mismo que Tekax y Maxcanú, era uno de los recipientes que al pie de la Sierra Alta reunían toda la riqueza industrial de Yucatán al sur de este país[10].
La guerra y los subsecuentes ataques de los rebeldes a los ranchos y haciendas de la región, habían reducido esa riqueza de los cañaverales a casi cenizas. Sin embargo, una vez activada la contraofensiva yucateca a partir de 1849, recuperado poco a poco el espacio perdido entre 1847 y 1848, y “arrinconado a los indios en sus bosques á punta de bayonetas y a costa de mucha sangre”, Ticul, Tekax, Peto y hasta Tihosuco comenzaron un poco a levantarse del marasmo producido por la guerra relámpago maya, obteniendo una repoblación e importancia industrial muy distante de la que tenían antes de 1847, ya que esa riqueza del periodo azucarero, se había vuelto inaccesible “después de haber sido estos pueblos los teatros de luchas y desgracias inauditas”[11]. La villa de Peto fue, al parecer, el lugar en donde más interés se tuvo por parte de los propietarios de “aquellos infelices rumbos” para su recuperación. Convertida en cuartel general de la comandancia de la línea del Sureste presidido por el coronel Eulogio Rosado, Peto llegó a tener mayor importancia que en el tiempo de los cañaverales: ahora sería el “dique” de las arremetidas rebeldes[12], y ya no solamente un inmenso y lozano cañaveral. El causante de este breve estado de gracia para el partido de Peto durante el tiempo que duró la contraofensiva yucateca -pues a partir de septiembre de 1854, como hemos dicho, la cosa cambiaría- fue el coronel que mandara matar a Manuel Antonio Ay en julio de 1847, José Eulogio Rosado:

La reposición –decía el artículo- de todos estos puntos, el renacimiento de la industria y de la seguridad en ellos se debía a la actividad incansable, al valor, al heroísmo en fin del malogrado coronel D. José Eulogio Rosado que siempre alerta y en pié, a pesar de sus enfermedades, no abandonaba la campaña corriendo, de un punto a otro con la actividad del rayo, ya para sofocar un motín, ya para derrotar a los bárbaros, donde quiera que intentaban romper la línea de bayonetas con que los contenía después de haberlos arrojado á sus bosques[13].
Pero con las pugnas políticas entre meridanos y campechanos, con las guerras de los indios, sin la vigilancia de don Eulogio Rosado, que sucumbiría en 1853 a manos, no de los rebeldes sino de  “la peste más desoladora” que se presentaría en Izamal[14], el breve renacer del partido más cercano al territorio rebelde, pasaría al nostálgico recuerdo. Peto no cayó a manos de los rebeldes, en los cinco meses que va de fines de 1854 a principios de 1855, pero la zona de riesgo en que se convertiría como partido fronterizo, hizo que “una nueva decadencia” volviera “á marcarse en su población e industria” de la que a duras penas se libraría hasta la llegada a la Villa de los vientos capitalistas traídos por la turbamulta de la hojarasca chiclera. [15], 





[1] El siguiente texto es un apartado del capítulo III de la tesis doctoral mía llamada Avatares de una región de frontera. Peto. 1840-1940.
[2] AGEY, Poder Ejecutivo, sección Gobierno del estado de Yucatán, serie Ayuntamiento, vecinos de Peto solicitan al ayuntamiento exponga al gobernador el peligro que corre la población de desaparecer bajo el yugo de los indios, c. 58, vol. 58, exp. 40, cd. 34 (1856).
[3] Ibid.
[4]Juan María Novelo al general en jefe de la división Vega. Peto, 8 de septiembre de 1854. El Regenerador, 15 de septiembre de 1854.
[5] José Dolores Castro al gobernador del estado. Izamal, 12 de septiembre de 1854. El Regenerador, 15 de septiembre de 1854.
[6] El Regenerador, 15 y 18 de septiembre de 1854.
[7] El Regenerador. Periódico oficial, 19 de febrero de 1855.
[8] En efecto, en un ataque del 26 de julio de 1874 al rancho Balché, de Apolinario Gorocica, comerciante de Peto,  se decía en el informe del jefe político de Peto, Sabino Piña, que “el número de invasores sería el de doscientos hombres procedentes no de Santa Cruz sino probablemente de la horda arranchada en el desolada pueblo de Tituc y cercanías, que por su cuenta nos hace la guerra brusca”. AGEY, Poder Ejecutivo, sección Jefatura política del partido de Peto, serie Milicia, Sabino Piña comunica al gobernador la invasión de los indios sublevados en el rancho Balché a legua y media de la villa de Peto, c. 311, vol. 261, exp. 42, fojas 2 (1874). Sin embargo, el 1 de agosto, Sabino Piña rectificaría de su dicho, e informaría que por su número de 200, su armas y las circunstancias del ataque, no eran los de Tituc sino “los indios Orientales los que habían invadido esa vez, y cuyo error de Piña se debía a “lo débil de su ataque y su pronta retirada, cebándose tan solo en tres ranchos de un mismo individuo; lo que más parecía un acto de venganza de alguno ó algunos criados prófugos que han tomado ese rumbo de Chan Santa Cruz”. Juan Carbó, Colonias militares del Sur, La Razón del Pueblo, 5 de agosto de 1874.
[9]El 7 de febrero, el jefe político de Peto, Diego Vázquez, informaba de la presencia de una pareja de cazadores armados de Santa Cruz vistos por el sirviente de campo Benito Té en el punto Nohaltun el miércoles 4 de febrero. Benito Té, que cuidaba las milpas de “su amo”, un tal Vázquez, los reconoció “por los vivos amarillos que tenían en la pechera de su camisa, como lo usan en aquel punto rebelde”. Té, seis u ocho años antes, se había escapado de Santa Cruz. Los hombres le manifestaron a Té que eran cazadores que se habían extraviado, y que buscaban el camino hacia la laguna Chichankanab, seguramente para pescar algunos bagres e hicoteas de allá, o para cazar otros animales, y que si Té le podría dar una gallina. Té se negó, diciendo que no podía venderlas porque las gallinas eran de su amo y que habían más sirvientes en las milpas cercanas. Los cazadores, al ver la negativa de Té y el peligro de verse envueltos en un enfrentamiento, siguieron su camino. El jefe político, reflexionando sobre esto, señaló que “La importancia actual de los establecimientos de caña dulce, y la cosecha de maíces que ha sido regular, cuando los indios rebeldes, según noticias, perdieron sus milpas por la langosta, son un aliciente poderoso por el rico botín que promete á los invasores”. AGEY, Poder Ejecutivo, sección jefatura política de Peto, serie Milicia, Diego Vázquez informa de las medidas que ha tomado por una posible
[10]“Peto”, El Regenerador. Periódico oficial, 16 de febrero de 1855.
[11]Idem.
[12] Las palabras “diques” o “llaves del país”, eran las metáforas más recurrentes entre el discurso de los meridanos y de los petuleños para referirse a la Villa y sus pueblos comarcanos.
[13]  Peto, El Regenerador. Periódico oficial, 16 de febrero de 1855.
[14]Un pequeño apunte biográfico de Eulogio Rosado (¿-1853) se puede leer en el Tomo V de la enciclopedia Yucatán en el tiempo: el coronel Eulogio Rosado participó en la guerra de castas desde los primeros momentos de 1847, combatiendo a los rebeldes sublevados. Fue padre del general Octavio Rosado, que sería gobernador de Yucatán entre 1882-1886; tuvo otro hijo, Francisco Rosado, jefe político de Izamal muerto en 1904. Rosado, al parecer originario de Izamal, murió en esa ciudad víctima de cólera morbus, en 1853. El 30 de junio con otros ocho personajes, su nombre aparecería con letras de oro en el salón de sesiones de la legislatura yucateca por su intervención y servicios en la Guerra de Castas. Un decreto del 15 de agosto de 1878 impuso a los ayuntamientos un “nombre célebre al de cada pueblo de sus respectivas demarcaciones”, y dicho nombre sería “el de un héroe de la República, especialmente del Estado, ó ya el de un personaje histórico que hubiese prestado importantes servicios a la humanidad en cualquier ramo”. Ancona, 1886, T. 5, p. 340. Los petuleños no olvidarían el servicio que Eulogio Rosado hiciera a su adolorida humanidad en los primeros momentos de la guerra de castas, y bautizarían a Peto como Peto de Rosado. La fecha más antigua que tengo en que la villa de Peto se comenzó a nombrar como Peto de Rosado, es del 5 de octubre de 1878. Cfr. La Razón del Pueblo, 11 de octubre de 1878.
[15]Peto, El Regenerador. Periódico oficial, 16 de febrero de 1855.

martes, 2 de septiembre de 2014

Las tinajas de a quien le decían batab


Don Felipe Rivero, un familiar cercano de Elías Rivero, a principios de mayo de 2013 aceptó hablar conmigo lo que sus tíos y abuela le habían contado de Rivero.[1] Don Felipe decía que Rivero era “un chaparrito y un socialista”. La  esposa de Rivero era doña “Valuch” (Valeria), y que no tuvieron hijos: “Yo lo conocí, era chingón mi tío. Yo no le voy a mentir, sólo le voy a contar de las cosas que me han contado”. Señalaba don Felipe, que Rivero tenía su gente en Tahdziu, que ahí estaba su gente, y que Rivero estaba “al lado de Felipe Carrillo Puerto.” A él nunca lo tocaron, lo tiraron a matar y nada. Él murió de muerte natural, no murió de bala, la vejez fue lo que lo mató, y sus restos están ahora en Mérida, en la Rotonda de Mérida, donde está Carrillo Puerto enterrado.[2] 

Me acuerdo que don Elías utilizaba de atuendo pura ropa blanca, de manta cruda, y un pañuelo rojo amarrado en la garganta. La gente sencilla lo veía bien a Rivero, porque a él le gustaban las cosas justas y no le gustaban las pendejadas. A él no le gustaba que alguien tratara de entrar “a huevo” a la presidencia de Peto: tiene que ser gente justa y que trabaje la que debe ocupar el cargo. Y si no trabaja bien, pregunta Rivero: “¿a quién quieren que ponga?”.

¿Sabes en dónde puedes sacar mucha información? Allá en Tahdziu…porque allá anduvo mucho Rivero, allá le gustaba estar, más que en Peto. En Peto venía nomás cuando estaba calmada la cosa. Pero él era de Peto, y hablaba perfecto el español y el maya. Batab le decían.[3]

Rivero tenía su platería en una casa de huano. En una ocasión los soldados rodearon su casa, ya lo iban a matar. En esa época se acostumbraba usar unos cántaros o tinajas, tinajas grandes. Y como Rivero era un chaparrito, cuando se percató que su casa estaba rodeada de soldados, se metió en una tinaja y la tapó. Entonces comenzó la tiradera de bala; además, los soldados prendieron fuego a la casa. Terminado todo aquello, salió don Elías como si nada, caminando y muy quitado de la pena. Eso lo contaba mi abuela, Elisa Rivero Sansores, prima hermana de don Elías[4]




[1] Don Felipe Rivero nació en 1939 en la villa de Peto. De niño, don Felipe acompañó a su padre a la Montaña Chiclera. Don Felipe recordaba que cargaba la impedimenta del oficio de su padre: “De niño yo cargaba las bolsas de mi padre, su chivo, sus puntales, sus puyas”. La vida del chiclero “era muy difícil, pues tengo visto como se tiene caído del árbol de zapote más de un aprendiz, que cortaba su soga y se iba directo al suelo”. Su madre, doña Nidia Rivero, nacida en 1919, era hija de Elisa Rivero Sansores, prima hermana de Elías Rivero, y doña Nidia ocho años estuvo en el chicle cocinando para más de 40 chicleros. Entrevista de tradición oral con el señor Francisco Rivero, 74 años, Peto, Yucatán, 5 de mayo de 2013.
[2] Reconozco aquí, que don Felipe Rivero fue el primero que me dio la información sobre los restos de Elías Rivero. Antes de esta entrevista, había visitado en más de una ocasión los panteones de Peto, de Tahdziu, y de otros pueblos cercanos a Peto, sin hallar la tumba de Rivero.
[3] En español, batab significa líder o jefe.
[4] Entrevista de tradición oral con el señor Francisco Rivero, 74 años, Peto, Yucatán, 5 de mayo de 2013. 

jueves, 28 de agosto de 2014

"Y dicen que bien durmieron, por el chicle que mascaron": a propósito de ese periodo olvidado por la encopetada historiografía yucateca



“La época del chicle” en Yucatán, es uno de los periodos poco estudiados por la actual histrioriografía yucateca, reacia al siglo XX y a los “temas” que no sean del agrado de sus académicos apoltronados. Podríamos decir que con torpeza etnocéntrica se ha dejado esa parte de la historia peninsular, a trabajos salidos de Quintana Roo o de Campeche, rezagándose Yucatán: arguyo que a los meridanos –hegemónicos de un discurso fácil de la historiografía yucateca que no salga de su regionalización política- les cuesta mucho salir de sus fronteras imaginarias.

En Quintana Roo existen trabajos pioneros desde principios de siglo XX (desde las distintas expediciones científicas al ex “Territorio de Quintana Roo”); y los trabajos de Herman W. Konrad y los estudios de Luis G. Jiménez son imprescindibles para entender esa industria de la resina; el estudio antropológico de Martha Patricia Ponce Jiménez para Campeche, y el trabajo histórico de Claudio Vadillo para la Laguna de Términos, es de ayuda invaluable para los interesados en el tema. En Quintana Roo propiamente, los trabajos sistematizadores de Lorena Careaga, Antonio Higuera Bonfil, Teresa Ramayo Lanz, Juventino Poot y los estudios recientes de Gabriel Macías y Martha Villalobos González, sin contar con nuevas tesis salidas del CIESAS Peninsular[1]), son de necesaria obligación revisar; y en Campeche, contrario al Archivo General del Estado de Yucatán, el AGEY - es legendaria la dejadez de este último, al no clasificar como se debe el siglo XX-, se encuentra un “Fondo Chiclero” en su archivo estatal, además de que se han efectuado historias de vida de chicleros trota montes como el célebre Rubentino Ávila Chi.[2] En mis propios trabajos de historias orales con los ex chicleros petuleños Raúl Cob, Francisco Poot Aké, Ceferino Briseño Solís, et al, sus “archivos de la palabra” que se encuentran en mi poder, dan para abultar las biografías de estos “gambusinos de la selva”, nombre con el que se refirió atinadamente de los chicleros,  Ramón Beteta en su clásico libro Tierra del chicle.



En Yucatán, la historiografía yucateca destilada hasta ahora desde su unicéntrica universidad –la UADY-, ha obviado, como dama encopetada, ese rico periodo nuestro, a pesar de que pueblos del sur y oriente de Yucatán (pienso en Peto y Valladolid, así como sus pueblos comarcanos de ambos) fueron chicleros durante poco más de la segunda mitad del siglo XX, y toda la vida económica de estos pueblos –incluso hasta la vida cultural- giró en torno a la fiebre traída por “la hojarasca chiclera”.
A pesar de ello, trabajos que toman en serio a las escalas micro regionales, apuntarán a un hecho sin duda importante: ¿cuál fue el significado del periodo chiclero en la zona sur y oriente del actual estado de Yucatán? Podríamos argüir, que las subidas y bajadas de “la Montaña chiclera” significaron alegrías, a veces penas, nostalgias y reguero de movimiento –de gente, de dinero, de broncas de cantina y machetazos callejeros- a los pueblos antes fronterizos del sur y oriente de Yucatán.
En la recopilación de datos para un pueblo de frontera convertido en un pueblo chiclero en la primera mitad del siglo XX, me encontré textos curiosos respecto al chicle. Desde poemas a los chicleros:

¡Oh qué raras figuras
las de estos hombres pálidos!
van llegando, llegando lentamente,
bajo el sureño sol auricandente
que quizás los envuelva
por la postrera vez…Huelen a selva;
tienen la faz huraña
y son hoscos y agrestes como la Montaña...

Hasta quejas, alabanzas, preocupaciones y meditaciones sobre las temporadas anuales de la “chicleada”. Uno de estos textos, es un poema escrito por dos niños: Marcos y Arturo Solís Enseñat, de 8 años apenas. Tal vez, Marcos y Arturo eran gemelos que vendían “El Chicle Maya” al menudeo en el centro de Mérida, en el año de 1923, año en el que los socialistas comandados por don Felipe Carrillo Puerto estaban en el poder. El poema de venta, además de que da un guiño a ese importante periodo chiclero para toda la Península, es interesante porque en sus sencillos aunque ripiosos versos, da una nomenclatura étnica de Yucatán (chinos, mestizos y catrines masticando vacunamente el chicle), así como pone en su justo término a figuras tan dispares como “don Felipe Carrillo”, el reaccionario don Carlos Menéndez y el poeta Luis Rosado Vega: a todos les gustaba mascar el chicle, pues esta goma salida de los zapotales de La Montaña Chiclera, ayuda al buen dormir si se le masca con sabiduría. Sin más nota introductoria, transcribo el poema precitado (aparecido en La Revista de Yucatán, domingo 23 de marzo de 1923).

EL REY DEL CHICLE

                   A los Sres. Espinosa Alcalá Hnos.

Yo que vendo chicle Maya
y lo vendo al menudeo,
me admiro de lo que veo
de la vida en la batalla.

Chicle Maya es superior
a todo el que se ha vendido,
pues sólo entra en su labor
un material escogido.

Lo compra un chino amarillo
y no se crean que miento,
lo compra el Ayuntamiento
y don Felipe Carrillo

Me compraron los turistas
los mestizos, los catrines
y me compran los artistas
los fifís y figurines

Si en la Catedral yo vendo
me compran los padrecitos
y me compra el Reverendo
y hasta los sacristancitos.

Si vendo en el “Principal”,
no se crean que es juguete,
lo compra el Municipal
y el coronel Barriguete.

Y sin hacerme sus dengues
y con muchísimo agrado
compra don Carlos Menéndez
y también don Luis Rosado,

Y si la venta se entona,
Y el compañero se punza,
Compra el Jefe de la Zona,
y también Manuel Berzunza.

Debajo de un aguacero
Juventino Villacís
le dijo a don “Financiero”
allá va Marcos Solís,

Y los dos chicle compraron
y a su casita se fueron,
y dicen que bien durmieron,
por el chicle que mascaron.

Marcos y Arturo Solís Enseñat. (Niños de 8 años)




[1] Actualmente, está en proceso de redacción la tesis de maestría en Historia de Eunice Pinto, tocando el tema del chicle para Quintana Roo.
[2] Cfr. Rubentino Ávila Chi (José Antonio Hernández Trujeque, Leticia de los Ángeles Ceballos Mass y William J. Folan editores), 2009, Andando bajo el monte, picando chicle, cazando lagartos, tumbando palos y haciendo milpa. Una autobiografía, México, CONACULTA. 

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