jueves, 11 de octubre de 2012

SOBRE EL TAN MENTADO 12 DE OCTUBRE

No quiero manifestar mañana ninguna opinión sobre el tan mentado 12 de octubre, me dará flojera leer las epístolas y diatribas morales contra los "invasores" escritas en perfecto o imperfecto castellano, y no en una lengua originaria; omitiré a Palomares y Ochoa con su "Del mar los vieron llegar...", etc; no me meteré en discusiones bizantinas sobre un hecho histórico terminado, diré que las Estatuas de Montejo están bonitas ahí donde están, en el remate del Paseo de Montejo de Mérida la sucia; ni barajaré la carta indigenista recordando las aporías de esa doctrina malévola, ni vomitaré el "mueran los gachupines", ni escribiré las palabras cargadísimas de historicidad como Genocidio, Conquista y pueblos indígenas. Me dará igual que cada quien, desde su perspectiva o desde sus conocimientos, haga alusión al tema de las calaveritas de Colón y su encuentro o desencuentro, su invención o imaginación de este continente con sus gentes donde estoy parado ahora, redactando estos pareceres. Recuerdo que Gómara, en su Historia de las Indias, ya había escrito que “la mayor cosa después de la creación del mundo, con la excepción de la encarnación y muerte del que lo creó, era el descubrimiento de estas partes”, señalando con esta aserción hasta qué punto las tierras nuevas despertaban la inquietud de los europeos.
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Lo cierto es que, desde la perspectiva histórica, fue una larguísima y tremenda hazaña la que hizo el marinero genovés, de ir allá con esos mustios y pobres marineros agarrados a la mala, pasando las Columnas de Hércules, entrando a las Canarias, traspasando el Mar de los Sargazos, el Océano, el padre solitario y maldito océano comedor de hombres y maderámenes, yendo al Mar ignoto donde seguramente lo esperaban endriagos, culebras marinas, sirenas de tetas descomunales que dejan dura la verga de los pobres cristianos con sus cantos rutilantes, maelstroms definitivos, fantasmas de la tierra en medio del piélago cuando lo más profundo de la noche, y motines, motines y más motines de sus esmirriados marineros. Sin duda, lo que hizo el genovés bien pudo haberlo hecho con antelación el vikingo y el chino, pero lo que cuenta, en la historia, es que ni el vikingo ni el chino trastocaron el discurrir histórico de las sociedades indígenas como el genovés sí lo logró hacer. Porque ya desde su primer viaje, Colón dio la pauta en su compulsión nombradora de las nuevas tierras agenciadas para su rey “Las cosas deben tener los nombres que les convienen”, señaló Todorov del encuentro, y Colón comenzó a designar, a resignificar, a esclarecer. La apropiación de las tierras se hace desde la palabra y la práctica de una forma por lo demás curiosa.
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“El primer gesto que hace Colón al entrar en contacto con las tierras recién descubiertas (es decir, el primerísimo contacto entre Europa y lo que habrá de ser América), es una especie de acto de nominación extendido: se trata de la declaración según la cual esas tierras forman parte, desde entonces, del reino de España. Colón baja a tierra en una barca decorada con el pendón real, y acompañado por sus dos capitanes, así como por el notario real provisto de su tintero. Ante los ojos de los indios probablemente perplejos, y sin preocuparse para nada de ellos, Colón hace levantar un acta: “Dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomó posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores”.
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Colón comienza a nombrar y a renombrar, y esto fue escuela para la nueva toponimia dominadora. A Yucatán le pusieron el tan famoso “No te entiendo” (eso significa Yucatán), y cuando le decían a los barbudos que fueran a la casa de los mayas de la punta este de la Península, los barbados bárbaros, tal vez debido a que sus pesadas armaduras les impedía la buena escucha, le nombraron Catoche a un famoso cabo aparecido en los primeros mapas del famoso siglo XVI, el verdadero siglo de la Conquista.
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Sin embargo, no seguiré más este pequeño comentario al tan mentado 12 de octubre, porque creo que todo ocurre para bien, así sea la barbarie civilizadora.

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