domingo, 2 de septiembre de 2012

Del inconveniente de haber nacido petuleño

"No soporto a los petuleños. Soy petuleño, no me aguanto a mí mismo"..."Todo lo petuleño me hace indigestión"..Frases que le llegué a escuchar alguna vez al poeta Salvador Vilax.
Para empezar, debo confesar que nací descastado, y no pienso cambiar esa biológica ambición de sentirme fastidiado con el lugar de origen. Desde el primer instante del instante supe que no vivía en el centro de la tierra, que nada de bueno obtendría quedándome entre las albarradas del lugar. No conozco otro cielo más triste (más o menos triste), otra gente más taciturna, que el cielo y la gente de donde nací por accidente.

Nada bueno ha salido de allá, salvo mefíticos recuerdos exorcizados por la literatura primero, y ahora por la historia que intento hacer. Nada rescatable, todo omitible, siempre desechable. Parafraseando a Cioran, diré que la paradoja de ser petuleño...
"es un tormento que hay que saber explotar, un defecto del que hay que sacar provecho".
Si alguna vez se equivocó el bueno de Dios, si en algún momento el supremo sátrapa del universo no tuvo piedad de los hombres, fue cuando puso en la cabeza de algún fraile la idea de congregar a los nativos de la región después de la Conquista de Yucatán, y conformar un pueblo que sería -durante la Guerra de Castas- casi barrido de la historia. Luego, domeñados los bárbaros de Chan Santa Cruz, otra vez las condenadas tierras del lugar serían infestadas por truhanes de toda laya, seguidos de las más infames putas selváticas dispuestas a reproducirse con indios taciturnos y mestizos taimados. En la imperialista época del chicle, las calles del pueblo serían infestadas por negros de Tuxpan, por pordieseros de todos los lugares y las escorias expulsadas de todos los pueblos del "Yucatán profundo". Ese caldo podrido de cultivo daría forma al más sucio, degradado e involucionado pueblo de Yucatán, de cuyo nombre todos sabemos cuál es, pero por salud mental omito teclearlo.
Porque desde antes del principio, la condena de todos fue haber nacido en esta tierra sin esperanza devorada por caciques sin alma. Vuelvo a Cioran, y sólo para confesarles
"haber mirado en otro tiempo como una vergüenza el pertenecer a una nación -o pueblo- vulgar, a una colectividad de vencidos, sobre cuyo origen me cabían pocas esperanzas".
Creía, y quizá no me engañaba, que habíamos surgido de la hez de los bárbaros, del desecho dejado por el tumulto de la Conquista de Yucatán.
¿Cómo se puede ser petuleño sin pegarse un tiro en la cabeza al momento? ¡Fácil!, siendo un degenerado mental que cree que algo civilizado hay en esas albarradas del lugar (no es mi caso) o ser un descastado, un apátrida profesional. Vuelvo a Cioran, para decir que:
"Como odiaba a los míos, a mí país (o a la aldea), a sus campesinos intemporales, encantados con su torpor y se diría que deslumbrantes de embrutecimiento, yo me avergonzaba de ser su descendiente, renegaba de ellos..."
Me rehuso a ser parte de su infra-humanidad, a estar en sintonía con:
"...sus certidumbres de larvas petrificadas, a su soñarrera geológica".
El mono, o el mico, se muere entre los petuleños, raza prehomínida a la que le está vedada el más mínimo rastro de civilización. No sabiendo cómo zarandearlos para que salgan de su modorra mitológica, me ha entrado la idea de exterminarlos simbólicamente.

Pero no se puede hacer una matanza que se quede sólo en la execración. Nunca he dejado de maldecir el accidente que me hizo nacer entre ellos. Nací en Peto, pero prometo que no lo vuelvo a hacer.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Tío Tino

Moriste, me dijeron hoy que moriste ayer, tío Tino, "en el día del abuelo", abuelo tú de medio pueblo, semental enamorado. Aunque no moriste del todo, yo sé que no moriste del todo. Dejaste huérfano de hermanos a mi abuelo, pero no huérfano del todo. Nadie es del todo huérfano y nada es del todo cierto, menos la muerte, menos la sucia y olorosa y casquivana muerte. Hoy escribo estas desleídas palabras, aunque contigo no se debe escribir sino bailar, Zapatear, mover el cuerpo y poner las alpargatas de Dios en los pies de la mañana. En la esquina del tren te sentabas las tardes a tomar el fresco y esperar noticias de las vaquerías, y ayer, oíste ese sonido de charanga allá arriba, Rompiendo los flancos de las nubes y restallando la aburridez de los sermones. Diste gracias a la mañana, y partiste con el traje de gala, albo como una mañana de enero en el pueblo. La charanga y la jarana llegaron al cementerio presidiendo el entierro. Moriste ayer, Tío Tino, aunque no moriste del todo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La condición meridana

Antes consideraba que la condición más abyecta del ser peninsular, era la condición chetumaleña, pero me equivoqué. Ahora estoy convencido, y nadie me sacará esa idea, que la condición más abyecta del ser peninsular, es la condición meridana...Arguyo que un meridano (sin distinción étnica o de clase) es un intento de humanidad peninsular cuya única consigna es restregar su caradura flemática con ruidos ensordecedores: ruido, ruido y más ruido, el ruido es el traje de luces que se pone todos los días el meridano. Mientras más ruido hay en el ambiente, el meridano se siente a sus anchas, destroza el lenguaje de Cervantes con su vozarrón estentóreo, y proclama su segura felicidad al son de los decibelios destripados. Hay algo siniestro en ello, en esa mezcla de provincianismo católico amplificado por un jarabe cerverapachequista autoritario con el cual el meridano ha crecido: entre ruidos del campanario de la Catedral meridana, y las bocinas de la Casa del Pueblo de la calle 65, el meridano ha descubierto su mundo... Sin duda, la socialización primaria del meridano lo hace proclive a dos cosas: La primera es a creer que los bárbaros son los otros, los del “interior del estado”, cuando en realidad la barbarie es cuestión de tener el ojo avizor para comprobar mi aserción: la barbarie, la única barbarie peninsular, es observar a un meridano caminar tranquilamente por las calles sucias, polvosas y ruidosas del centro de Mérida. Entre las inmundicias y cacofonías que destilan los otros meridanos y los microbuses y las chácharas de los vendedores ambulantes, el meridano camina al compás de su salvajismo refinado. Porque él, el meridano, es el centro y ombligo de su universo paleolítico. La otra posible manera en que pudiera desembocar esta condición abyecta del ser peninsular, es la de un tartufismo cosmológico, la de una moralina o doble moralidad: el meridano lanza la maldición, y al mismo tiempo cae en el excremento de su odio o repulsa; el meridano hecha pestes contra los maricones, y al mismo tiempo hace teorías sobre ellos. El meridano dice que no es prejuicioso, pero al mismo tiempo es un dechado de pensamientos decimonónicos, por no decir coloniales. A continuación, enlisto brevemente algunos apuntes que he logrado observar en mis incursiones por la jungla del universo paleolítico de los meridanos:
El meridano es un ser pasivo hasta en la somnolencia. 1.- El meridano no respeta los semáforos o es posible que sufra de un crónico daltonismo sin haberse percatado. 2.- Todo meridano es un gay en potencia, pero eso no es lo más grave de su ser. 3.- El meridano no es ecologista, no distingue entre un simple pedazo de madera y una bolsa de nylon. 4.- Todo meridano que ponga en la mesa de la plática su hispanismo trasnochado, es un cerdo racista con una fijeza secular de que un hijo de Cecilio Chi o Jacinto Pat le de por el culo hasta la saciedad. 5.- Justo Sierra O’Reilly, Manuel Crescencio Rejón, Joaquín Bestard, Alfredo Barrera Vázquez, Felipe Carrillo Puerto y hasta el propio don Víctor Cervera Pacheco, tienen algo en común, aparte de su sobrada inteligencia y de que han sido pilares de la sociedad yucateca, y es que ninguno de ellos nació en Mérida. 6.- Y por último, para acabar esta diatriba, diré que Mérida, esa magnífica y bella ciudad, no se merece al 50% de sus pobladores.

lunes, 30 de julio de 2012

De eso que llaman "Guerra de Castas"

La historiografía decimonónica del conflicto entre los mayas y la sociedad hegemónica yucateca, enfoca sus historias desde una interpretación parcializada por el filtro étnico: me refiero a la historiografía hegemónica de la "ciudad letrada" circunscrita en estudios decimonónicos que van desde Justo Sierra O’Reilly, pasando por Eligio Ancona, Molina Solís, et al. Esta interpretación “étnica” del conflicto, se comprende mejor cuando no intentamos reducir los movimientos de liberación anticolonial indígena efectuado por Cecilio Chi, Jacinto Pat y el mestizo José María Barreda, como extemporáneas luchas entre la “barbarie” y la “civilización”; ni enmarcarlo en un fervor “nativista” solamente; y aunque llevaran en sí muchísima carga simbólica y religiosa, milenarismo y mesianismo, como bien señala Bricker (1993), y de que es posible conceptualizarla como un “movimiento de revitalización” (Bricker, 1993: 25), el factor económico de su desencadenamiento, que estribó en conflictos agrarios y sojuzgamientos capitalistas debido a cambios en la explotación de la tierra en la esquina del sur de la Península (partidos de Peto, Tekax y Sotuta), que modificaron la vida de los pueblos y comunidades indígenas de la región, se enriquece, si no se obvia, en el discurso interpretativo de los hechos, la situación interétnica colonial en que se contextualiza el conflicto y la prolongación de la liberación maya durante más de un siglo. Balandier indica que la característica de la organización interétnica colonial, en el que se puede analizar las relaciones entre los grupos diferenciados de la Península de Yucatán decimonónica, y que apunto como factores de la rebelión indígena de 1847, estriba en lo siguiente:
a) La dominación impuesta por una minoría extranjera, racial (o étnica) y culturalmente diferenciada, que actúa en nombre de una superioridad racial (o étnica) y cultural afirmada dogmáticamente. Dicha minoría se impone a una población indígena que constituye una mayoría numérica pero que es inferior al grupo dominante desde el punto de vista material. b) Esta dominación vincula (en alguna forma de relación) a civilizaciones radicalmente diferenciadas. c) Una sociedad industrializada, mecanizada, con una economía poderosa, un intenso ritmo de vida y una tradición cristiana, se impone a una sociedad no industrializada, “atrasada”, en la cual el ritmo de vida es mucho más lento y las instituciones religiosas no son cristianas‖. d) El carácter fundamentalmente antagónico de la relación entre estas dos sociedades, producto del rol subordinado al cual está sujeto el pueblo colonizado como instrumento del poder colonial. e) La necesidad, para mantener esta dominación, de recurrir no sólo a la fuerza sino también a un sistema de pseudojustificaciones y comportamientos estereotipados: indios perezosos, idólatras e imprácticos para la vida “civilizada”, dice el yucateco blanco del siglo XIX (véase los textos de Sierra O’Reilly).
En las características apuntadas por Balandier, una minoría étnica, “blanca”, radicalmente diferenciada de los pueblos mayas, no obstante sus tráficos diarios de dominio-sojuzgamiento y su conocimiento de la lengua indígena en el siglo XIX, impone sus modos y prácticas de vida y de economía capitalista en gestación (lo que Cline denominó el “periodo azucarero” de 1825-1850, la producción henequenera en formación a partir de 1870, la liberalización borbónica de finales del siglo XVIII del agro yucateco), a una mayoría indígena estereotipada como atrasada, apática, bárbara, incivilizada, para las justificaciones del poder de los grupos hegemónicos para legitimar su dominación. Dándose, de esta manera, una situación dual ampliamente antagónica: la industrialización del liberalismo feudal de la clase hegemónica ladina, frente a la economía tradicional, ritual, de los pueblos mayas del sur y oriente de Yucatán. En el proceso yucateco de la primera mitad del siglo XIX (y posterior a ese lapso de tiempo), los grupos mayas se estructuraron, primeramente, en la situación de una “etnia colonizada”. En la hegemonía impuesta por los grupos étnicos dominantes desde la conquista y colonia, la identidad de la sociedad maya, enmarcada en la situación interétnica, fue un producto del contraste entre este proceso dual de culturas enfrentadas, diferenciadas. Bajo la premisa de que al abolir el sistema étnico-clasista regional, no significará la desaparición de la identidad maya, sino el resurgimiento de la misma, pero enmarcada dentro de una nueva autoimagen des-alienada y positivamente valorada, es posible de analizar la nueva situación de la sociedad maya liberada del dominio del grupo hegemónico de la Mérida blanca, al asumir una fuerza autonómica en el periodo que duró la vía armada de la Guerra de Castas (1847-1901), y su posterior prolongación en la resistencia de los “hermanos separados”‖ de X-Cacal Guardia: cuestionando su inserción en una economía capitalista de acumulación en el que sus pueblos fueron seriamente cuestionados por las empresas azucareras, el liberalismo creciente en la región, un Estado central que le era totalmente ajeno a sus tradiciones, sus afanes incesantes de vivir según sus formas conocidas de organización social, la Guerra de Castas se podría calificar como una guerra de liberación maya campesina prolongada durante más de medio siglo, registrándose episodios militares hasta 1915, y cuya “pacificación”‖ de los rebeldes recién se logró en 1937. Además de la causa agraria ya apuntada, no omitamos otros elementos que fueron catalizadores de la guerra de liberación maya de 1847, mismos que se fueron acumulando a lo largo de la historia del pueblo maya yucateco: “No fueron producto de un solo y específico momento, sino que se fueron dando día a día a lo largo de tres siglos, en la palabra “indio”‖ pronunciada despectivamente, en las gallinas entregadas en manos de clérigos, en la venta de la fuerza de trabajo para pagar los impuestos requeridos por la hacienda municipal, en las deudas heredadas de padres a hijos, en la prohibición de mirar de frente a los blancos, en los azotes recibidos, en la pérdida de la tierra y al observar las orejas mutiladas de los abuelos que simpatizaron con Canek. Estos, entre muchos, eran los pecados de los blancos, eran las culpas que debían ser redimidas, eran las faltas hechas al hombre, eran deudas que sólo se cobraban con la muerte”, escribía el poeta de esa lucha de liberación, el ameno Nelson Reed. El 30 de julio de 1847, en Tepich, esa deuda comenzó a cobrarse al prenderse la primera tea y templarse el machete con las carnes de los explotadores dzules…

lunes, 23 de julio de 2012

Elogio de las bibliotecas públicas

Mi idea es simple: en vez de matricular a la infancia o juventud a una pinche escuela con profesores igual de pinches pero también oligofrénicos que apenas pueden leer el nombre de sus medicinas, deberíamos agrandar las bibliotecas públicas del país: desde la más lejana biblioteca de pueblo, hasta la más equipada biblioteca de ciudad, la consigna es fomentar la lectura con literatura de calidad...Más y mejores bibliotecas con más libros de literatura, filosofía, historia, antropología, geografía, etc, etc. En vez de crear alumnos "modelos" sin recursos materiales (la indigencia educativa de este país de analfabetos funcionales es aterradora si echamos un vistazo rápido al profesorado sin cabeza), mi utopía es netamente vasconcelista: los libros verdes que llevaban los profesores pioneros a los pueblos, rancherías, sierras, no sé si incidió en la fuerza espiritual del pueblo a que llegaban los libros, pero como dijo alguien, si sacó de la mediocridad a uno solo, solo a uno, mediante la llave mágica de la lectura sin cuartel, Vasconcelos cumplió su prometido. No me gusta darme como ejemplo, pero lo daré: mi socialización primaria fue deficientemente lectora, pero había liibros de texto gratuitos, y había una biblioteca pública con toda la literatura del boom a mi alcance (desde Borges hasta Cabrera Infante, pasando por Monterroso), con los versos de Sabines y las profundidades de Paz para llevar en préstamo. Tengo que reconocer, y darle gracias, a la idea de la red de bibliotecas públicas creada desde los inicios de la Revolución mexicana, tengo que reconocer que mi formación, con fallas, ripios y todo, es debido a que yo sí que le creí a don Juan José Arreola (el autodidacta perfecto), e hice mío la certeza del "pensador inglés" (hasta ahora, no sé quien fue ese "pensador inglés" que señalaban las introducciones de los libros de la editorial Océano que llenaba un estante completo de la biblioteca de mi pueblo), y que decía que "la verdadera Universidad hoy día son los libros". Luego, cuando supe que Saramago no terminó ni su primaria y que nunca estudió para historiador o para "profesor de literatura" o para antropólogo o abogado, etc, etc, y que se la pasaba todos los días, después de salir del trabajo, encerrado en la biblioteca pública de Lisboa leyendo sin un sistema definido estantes y estantes de libros, supe que mi vocación -y mi profesión- sería la de lector. Me defino, no como "historiador", y menos como "abogado", pero sí como un lector que lee con seriedad lo que le pongan enfrente. Me declaro lector en vez de historiador. Antes que nada, y después de todo, soy y seguiré siendo lector, mi oficio es el oficio más viejo del mundo (los primitivos hombres ya leían sus mitos, ya contaban sus historias alrededor del fuego, ya escudriñaban las estrellas). Como Borges, diré que "otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído". Este país necesita de sus lectores, este país necesita, no universitarios, sino simplemente lectores....

viernes, 20 de julio de 2012

Villa cabalga de nuevo

Pancho Villa es sinónimo de "justicia” sin contemplaciones, pero Pancho Villa también es conocido de todos, porque en los momentos mismos en que guerreaba, las cámaras de Hollywood ya lo estaban firmando para la posteridad. Él es la posteridad. A la vuelta del siglo, Villa se volvió un icono del cine, pero también, fue y sigue siendo el personaje más popular que la irrupción campesina de las distintas "revoluciones" de los años 1910-1920 dejó tras su paso arrollador. Además, nadie que conozca un mínimo de la historia de la Revolución sale indemne del poderoso imán que Villa ejerce desde su tumba olvidada de Parral: Katz y Taibo II así lo han demostrado en voluminosos tratados, y sus “dorados-lectores” son legión, innumerables villistas de mente y corazón. En los movimientos sociales del México descalzo, del México subalterno, Villa, junto con los ojos tristes de Zapata y la mirada de águila de Guevara, cabalgan juntos impresos en las camisetas de jóvenes y viejos. Ellos, a falta de fe o sobrada secularización (ya no se puede portar la virgen de Guadalupe como estandarte “revolucionario” como antes lo hicieron las huestes campesinas de Hidalgo hasta Zapata), llevan a sus mitos, a la historia campesina y revolucionaria como símbolo, pero también como clave dispuesta a deconstruir el edificio maldito del poder que los oblitera, aparta y excluye. Ellos, los macheteros de Atenco, los neozapatistas de Chiapas, todo el México descalzo y el México plebeyo en resistencia, son la memoria y la razón de que Villa y Zapata siempre estén cabalgando: En cada caso de injusticia manifiesta para los subalternos, “Villa cabalga todavía en el Norte”, y en el centro y sur del país. En cada ruptura social, “Zapata muere en cada feria popular…Es la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida…”

jueves, 19 de julio de 2012

Relación histórica de Tahdziu (apuntes para una historia regional petuleña)

Las Relaciones Histórico Geográficas de la Gobernación de Yucatán (RHGGY), entre varias relaciones de pueblos, cuenta entre sus hojas con la Relación de Tahdziu, el pueblo más cercano a Peto (dos leguas), y fue escrita por el encomendero Juan de Magaña Arroyo en el mismo pueblo de Tahzib [Tahdziu], “a veinte y ocho días del mes de marzo de mil y quinientos y ochenta años”, ayudado Magaña por el batab “don Diego Ceh, Gobernador de dicho pueblo”, y Diego Pizk, Francisco Canché y “otros indios viejos vecinos del dicho pueblo, que tienen noticia y saben lo que se les preguntare”. Tahdziu dista del pueblo de Tezal[1] una legua grande “por tierra llana y de piedras”, y del pueblo de Zucacab [Tzucacab], “tres leguas por camino torcido y pedregoso”, y del pueblo de Petu [Peto], “cabecera de su doctrina, dos leguas grandes, y de algunas cuestas y pedregales”[2]. En efecto, actualmente, el camino de Peto a Tahdziu es casi todo de ondulaciones y con pequeñas barrancas que no pasan de dos metros, pero que resulta un gran contraste con la tierra llana de la Península. Estos pueblos señalados por la Relación, “son de indios” a finales del XVI, y a principios del siglo XXI, la gran mayoría pertenece a la población maya. ¿Por qué se llama el pueblo así, Tahdziu? Los informantes de Magaña develan el misterio: “Llámanse el dicho Tahzib [Tahdziu] por estar en un asiento llamado Hunpiczib [Hunpicdzib], donde en su infidelidad tenían un ídolo que así se llamaba, hecho de barro y de figura de mujer”[3]. Los informantes de Magaña le señalan que “en su infidelidad” pertenecían al señorío de Tutulxiu [Tutul Xiu], que los “enviaba a la guerra o donde a él le parecía sin que osasen repugnarle”, y a este Xiu le tributaban cada año 20 cargas de maíz y otras tantas de algodón, y gallinas y miel. Ya hicimos relación de que adoraban al ídolo Humpicdzib, y al cual “acostumbraban ofrecer pan y gallinas y carne de venado cocida, y lo recibía el sacerdote que ellos llamaban Ahkin [Ahk’in][4]. En 1580, los indios de Tahdziu se vestían de “camisa y zarigüeyas y una manta delgada de algodón por capa, y un sombrero y alpargatas y algunos traen zapatos”[5]. Antes de que llegaran los españoles, comían las mismas comidas de 1580, y que en buena parte en la actualidad siguen comiendo. A saber: gallinas, gallos, venados, puercos monteses y otras carnes de animales monteses. Como un ejemplo de que antes de que los señores encomenderos llegaran a pedir sus tributaciones y requerirlos para construir sus establecimientos, y mucho antes de que los frailes –iniciando con las ordenanzas de Tomás López Medel de 1552, reduciendo a poblado a los indios y persiguiendo las “idolatrías[6]-los de Tahdziu señalan que: “Vivían antiguamente más sanos que ahora y llegaban a ser más viejos que ahora, y es cosa entre ellos platicada y experimentada ser causa de ello el vino de que entonces usaban, llamado balché [balche’], con el cual se purgaban, y el día de hoy no se les permite beber de él y así les parece que la falta de salud les procede de la privación de este vino”[7]. A cinco leguas más o menos del pueblo, está “una sierra muy grande y de gran largura hacia el poniente, que en la lengua de los naturales de él se llama Pucyuvitz [Pucc]”. Zapotes, coptes [k’opte], guacayoles [guacoyul], ciruelos, plátanos y mameyes, son los árboles frutales; y de los habines [ha’bin], chulules y cedros se aprovechan de la madera para hacer sus casas. La relación se refiere al maíz de la siguiente manera: “El grano que los indios tienen es maíz, y generalmente se come en toda esta provincia de Yucatán, y de él hacen el pan, y no tienen ni han tenido otro”[8]. Y sobre su economía, los informantes dicen que los indios susténtanse “con sus labranzas, de que cogen lo que les es necesario y muchos tanta cantidad que venden de ella”, y es cosa de “granjería comprar y vender así cosas de Castilla como de la tierra, teniéndolo por aprovechamiento”[9]. El pueblo de Petu [Peto] es cabecera de su doctrina.
Notas [1] Gerarhd (1991: 64) establece que Titzal, Tetzal, o Sal, es el pueblo conocido de Tixualatun (que en las Relaciones aparece también como Tisgualatun, o Tixhualtun), que traducido al español significa “lugar de las piedras erguidas (Sabido Ávila, 1996: 18). [2] RHGGY, Relación de Tahdziu, Tomo I, p. 389. [3] Ibid. Según Rivera Dorado, Humpic Dizu, a la llegada de los españoles, era un dios del linaje Ceh del pueblo de Tahdziu de la provincia de Maní.“Hunpicdziu o Humpicdzib (ocho mil tordos u ocho mil letras) parece ser el ídolo local de un grupo establecido en Tahdziu y tributario de los Xiu de Maní. El nombre recuerda el vocablo corriente para expresar muchedumbre o número elevadísimo. Se dice que en Izamal había un dios llamado Hunpictok (ocho mil o innumerables pedernales), y en el Ritual de los Bacabes se menciona a Hunpic ti Ku (ocho mil dioses o, tal vez, ‘todos los dioses’) en una de las fórmulas curativas…Cabe la posibilidad de que el patrilinaje que veneraba a este extraño personaje sagrado fuera el Ceh, pues en 1562 el gobernador del lugar era Diego Ceh, que fue puesto en prisión por llevar a cabo prácticas idolátricas (Roys, 1957, 77)” (Rivera Dorado, 1986: 154). [4] Ibidem, p. 390. [5] Ídem. [6] Medel ordenó, en sus Ordenanzas de 1552, exigió a los mayas bautizados que dejaran: “Sus idolatrías y ritos antiguos y no tenga[n] ídolos, ni consientan que otros los tenga, y les hagan sacrificios de animales, ni de otras cosas, ni con sangre propia, horadándose las orejas, narices u otro miembro alguno, ni les enciendan copal, ni les hagan honra. Ni celebren ayunos, ni fiestas pasadas, que en honra a sus dioses solían celebrar y ayunar (Quezada, 1997: 105). [7] RHGGY, Tomo I, p. 390. [8]Ibídem., p. 391. [9] Ibíd.

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