jueves 7 de mayo de 2009

El cielo no se reduce a una hostia dominguera


En su multicitado libro (Guerra de Castas), Reed cuenta el caso de un cura de principios del siglo XIX que, en estado de perruna embriaguez (no se justifica), ensilló y montó a uno de sus feligreses indios, "clavándole las espuelas en los costados para demostrar el poder total que poseía sobre su rebaño de ovejas".

En Tizimín, por esas mismas fechas, el cura de aque lugar fue expulsado de su parroquia -recuerda Miguel Alberto Bartolomé- "por negarse a renunciar a su harén de mujeres mayas", práctica institucionalizada en la península.

Estos actos, en el Yucatán decimonónico -como en gran parte del actual, si de "harén" hablamos-, no son hechos aislados, insulares.

La forma en que los curas trataron a "los pies de la república -su institución que representaban, fue unión y absolución de la barbarie colonial y neocolonial de los dominadores blancos-, se cobraría muy caro cuando la Guerra de Castas estallara.

El individuo que se encargaría de acordarles el "ensillamiento de indios" -como antiguamente, el "aperreamiento" de los mismos-, a los curas intercesores diplomáticos del gobierno de los dzules cuyos afanes fue el de traer, nuevamente al redil pacífico de la abyección colonial, a los indios "incivilizados"- fue el lugarteniente de Pat, el mestizo petuleño José María Barrera. En los montes y breñales de lo que hoy es el actual Quintana Roo, el genio combativo de Barrera fundó -cuando la muerte y el acorralamiento hacían estragos al cuerpo y el alma de las guerrillas mayas, bájandoles la moral y los sueños de libertad- "Chan Santa Cruz". Barrera sería un nuevo Noé, y la Cruz, o la Santísima, el elemento unificador para la liberación indígena en la península.

Hoy a Barrera nadie lo recuerda, ni su pueblo de origen, Peto, raza degenerada por la ignorancia y la mediocridad, no lo reclama para él porque no sabe ni su origen, ni la historia de su gesta fundadora.

Recordemos estos hechos, es menester que los recordemos, pues seguir en la lógica de la manutención a unas sanguijuelas sociales, no nos lleva a nada nuevo salvo a nuevas eras de oscurantismos dogmáticos. El cielo no se reduce a una hostia dominguera: ¡Viva Juárez! ¡Viva Voltaire! ¡Viva José María Barrera! ¡Muera el cura de mi pueblo!

Archivo del blog